Ian Curtis y Adrian Borland: Vidas paralelas
Escribió una vez Mark Fisher: “Si Joy Division importa hoy más que nunca es porque ha captado el espíritu depresivo de nuestro tiempo… Desde el comienzo, su obra estuvo ensombrecida por una profunda aprensión, una sensación de que el futuro estaba clausurado, de que todas las certezas se habían disuelto, de que solo había una creciente melancolía por delante.”
Esta afirmación nos parece hoy más certera que nunca. Ian Curtis se nos presenta como un mártir y profeta de un mundo en disolución, cuyas esperanzas futuras se iban progresivamente cancelando. Vivimos en un interregno donde Dios se diluye en la lógica del mercado, y mientras tanto, danza el aparataje de publicidad y de marcas comerciales, de propaganda institucional, de logotipos de aplicaciones móviles flotando en las pantallas.
A la juventud se le va privando de su herencia: la derecha del dinero acaba con los recursos materiales y con las posibilidades laborales, y escoltándola cercana, una izquierda caviar y elitista va expoliando las costumbres y demoliéndo el bienestar espiritual.
Entre todo, un mundo tecnológico nos seduce para que miremos hacia otro lado, con sus juguetes y sus comodidades; el ambiente que queda es un irrespirable armazón de bloques de pisos, de códigos binarios, de Inteligencia Artificial, de contraseñas, de soledad, de molicie, de trastornos mentales y desarraigo.
Nos recuerda Georges Bernanos: “Un mundo ganado por la Técnica es un mundo perdido para la Libertad.”
Sí; Ian Curtis supo captar con su música el estado actual; una música que evoca imágenes de una distopía ahora demasiado real. Pero hubo otro olvidado que supo también dar con la clave de nuestro tiempo —musicalmente hablando—: Adrian Borland, líder de The Sound.
Si Joy Division tomaba una estética de funcionariado público y grupo paramilitar, si tenía a su propio genio atormentado y epiléptico, si sus líricas escudriñaron el mundo en disolución, las tinieblas, la creciente digitalización donde se pierden los límites de lo real, The Sound tomó la vía profética, sacerdotal, haciéndonos ver que nos encontramos en una nueva edad oscura, donde la orilla nos parece el lugar más seguro donde permanecer.
Joy Division consiguió su fama posteriormente, con el suicidio de Ian Curtis; más tarde, se convertirían en una banda arrodillada a los gustos del público de discotecas, con el nacimiento de New Order —sonido de la edad de la inocencia que intentó escapar del túmulo que suponía su anterior mandato—.


The Sound, Adrian Borland, por su parte, no queriendo abandonar el estilo que les había definido, siguieron como una formación de logros residuales, sin un solo éxito que les entronizase hacia la fama. Sin embargo, ni la vida ni la creatividad de Adrian Borland se quedaron estancadas en The Sound, sino que fue un hombre incombustible, prolífico y entregado, que tuvo sus propios proyectos en solitario, pero nada que le diese un merecido reconocimiento.
Finalmente, el 25 de abril de 1999, Adrian Borland daría fin a su vida arrojándose a las vías del tren de la estación de Wimbledon. Su posterioridad sigue siendo hoy bastante escasa, contando con algunos pocos adeptos que recuerden la valía de su obra.
Ian Curtis, aquejado de epilepsia, un matrimonio que iba en caída libre, una vida de introspección y de sopesar culpas; Adrian Borland, esquizofrénico, ambicioso, audaz, sincero, llevaron vidas a la par.
Ambos se alejan de los estereotipos musicales, los dos pusieron música a nuestro intervalo de designios digitales, de cancelación del futuro; una música capaz de exorcizar a nuestros fantasmas presentes y neoliberales, de texturas grises y lúgubres, de sociedad de control y con algo de romanticismo desgreñado.
Música de asilos con puertas abiertas y de reconocer que el enemigo es interno, espasmódico, inquietante. Ambos fueron el sonido de la veloz depresión que se iba cerniendo sobre eso que podríamos llamar Occidente (o Europa, o la Cristiandad).






