Sir Roger Scruton: Entendiendo la música
Sir Roger Scruton es mejor conocido por ser una de las figuras clave del pensamiento conservador contemporáneo. Pero eso no nos atañe ahora. Lo que nos importa son sus valiosas ideas sobre la música y su estética.
Vivimos en una civilización musical. Está por todas partes y a veces solo está para que la ignoremos. Vamos en el tren, pulsamos sobre el logo de Spotify y reproducimos nuestra lista de canciones preferidas; estamos en un restaurante y también suena música; estamos en el supermercado o en un centro comercial comprando y, sin darnos cuenta, la música espolea nuestro consumo; estamos en la oficina y la música incrementa nuestra eficiencia laboral… y así, pero en todos esos casos la ignoramos, es telón de fondo de nuestra cotidianidad, una panacea contra el silencio en una sociedad que se ha tornado ruidosa en todo sentido: visualmente, retóricamente, mediáticamente, políticamente…
Por eso necesitamos de salas de conciertos y auditorios para poder disfrutar de la música en toda su plenitud, para aislarla del mundanal paisaje, para librarla de su carga cotidiana. Y sin embargo, en todas esas horas muertas que las personas arrastramos, la música sigue siendo fiel compañera, y es de esta manera porque hoy en día es completamente accesible y ubicua.
Si le hubiesen dicho a Bach que podía escuchar lo que quisiera en el momento en que quisiera; él tuvo que recorrer a pie más de trescientos kilómetros para poder escuchar a Buxtehude al órgano; era el único modo que tenía de escuchar música.
Quizás por esos somos más sensibles a ignorarla que a escucharla, porque escuchar no es tan fácil como parece. Y por otro lado solo a través de esos lugares en los que la música se confina, se pueda hacer experiencia colectiva (ya que escuchar música se ha tornado un acto individual, onanista y autista), aunque sin darnos cuenta, en nuestra soledad también hacemos piña, porque la música que escuchamos puede vertebrar un grupo; muchas de las llamadas tribus urbanas se fundan sobre un mismo tótem, el de la música que les da significado. Y antes de que el mundo se secularizara, la música conseguía ponernos en contacto con ese sentido profundo del Espíritu.
Sir Roger Scruton enfatiza ese carácter sagrado de la música: el sentido primario de la experiencia religiosa, presente y ausente a la vez, llenando el vacío. Una especie de “no-lugar” del que hacemos altar. Una experiencia a la vez individual y colectiva. Solos pero acompañados en ese escuchar lo que hay fuera y dentro de nosotros mismos. Escuchamos el movimiento interno de nuestra corriente interna, desgajándose con el sonido.
Cioran nos lo dijo con sus propias palabras: “El éxtasis musical implica una vuelta a la identidad, a lo originario, a las raíces primarias de la existencia. En él sólo queda el ritmo puro de la existencia, la corriente inmanente y orgánica de la vida. “Oigo” la vida. De ahí arrancan todas las revelaciones”.
La música es transparencia. Schopenhauer, Nietzsche, Wagner, creían que era Naturaleza, Voluntad en sí misma y no mera imitación; Kierkegaard sensualidad al desnudo. Cuando suena, algo interno se mueve gravitatoriamente; construye un monumento en derredor. Sir Roger Scruton nos dice que crea una especie de espacio sin espacio, un espacio sobre sí mismo y en ninguna parte, ingrávido, efímero (porque solo pervive en el momento de su ejecución), omnipresente. La música funda su propio momento sagrado.
Y cuando la música se matrimonia con las palabras, y les dan su apoyatura, su expresión, su ímpetu… la emoción en ellas, en las palabras, crece. Les otorga un contexto distinto, las hace música. Sir Roger Scruton piensa que, pensando la lírica en estos términos, en el hogar de la música, desmiente la idea de que las tonalidades, los sonidos, carecen de emoción y que son simples evocaciones psicológicas; si pensamos las palabras junto a la música, en contraste, simpatizan entre sí, no se trata de una mera arbitrariedad. Las asientan con un cierto estado mental.
Aunque por sí sola, sin ser hilo conductor de un poema, de una obra teatral o de una película, la música es capaz de expresar lo inexpresable, porque no es un arte representativo como, por ejemplo, la pintura o la literatura, sino que expresa “algo más”.
Hay casos, por supuesto, de música que pretende imitar a elementos de la naturaleza (casos como “El carnaval de los animales” de Camille Saint-Saëns o “La mañana” de Edvard Grieg), pero la analogía entre la música y los fenómenos naturales es previamente formalizada y, por así decirlo, accidental. Un bodegón representando un cuenco de manzanas es imitación de un cuenco de manzanas real; un clarinete evocando la aurora, es un clarinete interpretando una pieza que se pretende la “aurora”, pero en el fondo solo es música.
Y la música —nos recuerda Sir Roger Scruton—, no es solo sonido, sino un significado que se esconde bajo ese sonido. Si solo fuese sonido, seríamos incapaces de hallar una forma, un significado trascendental. Pero la música tiene su propia forma que se estructura mediante sonidos (igual que una fotografía digital se estructura mediante píxeles, pero es en el conjunto de esos píxeles donde hallamos un paisaje o un rostro). Y así, cuando escuchamos música lo que queremos (o así debería ser en una civilización sana) es encontrar un significado pleno, saber que nos dice, y que nos envuelvan sus cadencias y nos sobrepasen, como un murmullo infinito.
Queremos que despierte esa región espiritual dormida. Porque la música tiene ese algo común del Cielo y la Tierra. Como Wagner, Sir Roger Scruton piensa que la música puede librarnos de la vulgar monotonía de la rutina porque, repito, pertenece a esa otra región sagrada.
¿Y qué sucede cuando ese “algo” se destruye y nos encontramos con la música popular (o la más popular) de hoy en día? Pues lo mismo que encontramos en ese “arte” que puebla la adaptación cinematográfica de Stanley Kubrick de “La naranja mecánica”: un arte plano, vacío de significado, huero, kitsch, cuando no vulgar y de mala calidad. Un arte muerto en pos de la estandarización y el consumo, fácilmente digerible. El arte equiparado a una hamburguesa del McDonald’s o a un anuncio de compresas.
Ciertamente, como otros placeres, el placer que obtenemos mediante la música, al pasarla por el filtro de la cultura de masas (o de una parte de esa cultura de masas), se degrada para que se obtenga un goce fácil y sin esfuerzo (el viejo “panem et circenses”, pan y circo). La globalización de la degradación.
Claro está que Sir Roger Scruton no considera toda la música de la cultura de masas como degradada o como sublime objeto de la ideología burguesa, cosa que si hizo Theodor Adorno en su sociología de la música; lo que sí que condena es el edulcorado y estereotipado mundo del kitsch, pero sin desechar esa producción valiosa que las discográficas han generado (sean productos de la ideología burguesa o no, poco importa, porque las fauces de esa ideología del capital arramplan con todo… pero eso será tema para otra entrada). Sir Roger Scruton quiere acabar con las termitas, sí, pero sin necesidad de quemar la casa. Lo que Theodor Adorno tampoco contempla es que hay manifestaciones del realismo socialista que son igualmente kitsch (pero dejémoslo estar por el momento).
Volviendo al asunto, Sir Roger Scruton coincide con Theodor Adorno y el concepto de la reificación: la facultad de tratar a los objetos como personas y a las personas como objetos. Una industria musical como la de ahora (o esa parte más estridente y popular de la industria) es incapaz de crear verdadero arte, y esto se debe a que hace todo lo posible por desconectarnos de la parte más íntima y sagrada de nosotros mismos, y convierte su armazón en cliché, exhibicionismo y vulgaridad (o directamente fealdad). Esta música tiene un precio, pero carece de valor. En lugar del valor, se ha puesto el repetitivo apetito de la novedad (de la novedad, pero no de lo nuevo; es lo mismo de siempre, solo que con aspecto de ser nuevo). Y con ello, la industria musical genera a sus ídolos de cartón piedra.
En su momento, esa industria naciente, quizás no tenía la intención de alimentar los deseos más bajos de los consumidores con el afán de lucro; el afán de lucro estaba ahí, desde luego, pero también había un público dispuesto a escuchar de todo (y el gusto aún no estaba predefinido). Aunque seamos francos: como las ratas de Skinner, los usuarios no tardan en caer en las trampas del entorno y el condicionamiento, aunque ello suponga recibir una descarga eléctrica. Y Sir Roger Scruton —sin desdeñar lo que de acertado tienen sus juicios— cae en la trampa de la libertad (de la libertad liberal, entiéndase).
Cuando la lírica se ha degradado hasta tornarse una evocación del hampa y una celebración de la promiscuidad (cuando no simples onomatopeyas), cuando la música se ha tornado un golpeteo monótono y primitivo, cuando a pesar de todos se sigue demandando lo mismo, sabemos que la rata corre siempre rauda hacia la palanca. El significado se pierde y se funda la parafernalia de la bajeza.

Al democratizarse la música mediante la industria, todo vale, el gusto se torna dialógico, legítimo, porque no podemos ofender el mal gusto de quien lo tiene; tanto vale el juicio de un director de orquesta sinfónica como el de un transportista analfabeto. Aunque tampoco está todo perdido, aún hay manifestaciones que valen la pena. Solo que esa experiencia colectiva que podría llegar a darse (una música común que exprese valores más altos), acaba por convertirse en pequeñas manifestaciones de nicho que dan fondo a cada tribu urbana: teddy boys, mods, rockers, hippies, punks, góticos, ravers, emos, heavies… pero nada más. La experiencia musical individualizada y atomizada en un sinfín de corrientes.
Si en algo puedo discernir con Sir Roger Scruton es en la solución que da esta encrucijada de la música popular actual. Él pretende expulsar al pop y al rock de la ecuación y asunto zanjado, apostando por la música clásica y el jazz. Considera que existe un gusto “espontáneo” en los oyentes, algo bastante ingenuo de su parte. No existe libre albedrío en la música una vez ha entrado en contacto con la lógica de la industria.
El gusto está previamente diseñado. No emana de la espontaneidad de la gente corriente, quizás antes lo hizo, pero ya no. El reggaeton y el trap nos dicen lo contrario. Quizás aunque reciban una educación que les enseñe a discriminar entre lo genuino y lo falseado y kitsch, se siga prefiriendo deglutir basura. En esto estamos de acuerdo.
Si su crítica a la música popular y a la industria es más “blanda” (excepto con el pop y con el rock, del cual demuestra tener poca idea), es porque él ensalza el American Way of Life. Siendo inglés, es consciente que sus semejantes americanos expresan en su música la grandeza de lo yanki. Desde luego, la música desde los años cincuenta ha sido vehículo para anglofilizar y americanizar el mundo. Y una crítica a la industria de masas o a la economía capitalista es un ataque al Imperio.
Desde hace décadas, el dominio americano y británico de la música se ha extendido al mundo, aunque lo hayamos adoptado y cada país hecho suyo propio, a su manera particular. Esa música popular, si popular hace referencia a los pueblos, al folclore, se ha perdido; en su lugar, tenemos la parafernalia de la industria de masas, que nace en el seno mismo de los Estados Unidos de América. Y se estandariza y se vende al mejor postor; porque poco importa que la estrella de pop sea inglesa, española o coreana, todas ellas responden a la misma lógica de la industria. Digamos que deslocaliza su esencia popular y nacional para convertirla en producto de masas.
La película “Pero… ¿en qué país vivimos?”, protagonizada por Manolo Escobar y Concha Velasco —un clásico de Cine de Barrio, ideal para un sábado por la tarde— trata este conflicto. Antonio (Manolo Escobar) representa la canción española, lo arraigado, lo de siempre, lo nuestro, lo tradicional; Bárbara (Concha Velasco), en cambio, es una cantante de ye-yé, que representa lo nuevo, lo extranjero, lo cosmopolita, lo moderno. El conflicto entre lo viejo y lo nuevo, lo tradicional y lo moderno, lo nativo y lo extranjero, se da también en este terreno. Batalla perdida, porque la música popular, tal como la entendemos, como cosecha del éxito de una industria discográfica, es invento yanki que ha venido para quedarse.
Cada vez se hacen más difíciles las manifestaciones populares genuinas. No es extraño tal fenómeno en un mundo cuyas fronteras se diluyen a causa de las comunicaciones, como tampoco es extraño que emanen dialectos fruto de las fusiones más extravagantes: jazz mezclado con flamenco, flamenco con rock, pop con flamenco, flamenco sin flamenco y quejidos varios, ritmos latinos con cualquier otro género… Y también todo esto entra en el circuito de la industria y los festivales de música… En el dominio del dinero y la fama, no existe patria ni arraigo posible. Pero quizás a Sir Roger Scruton ya le vaya bien, a pesar de ser conservador (una vez conservadurismo y liberalismo se hacen incompatibles).
Con todo, coincido con Sir Roger Scruton en que se hace necesario una música que exprese verdaderamente las emociones y el regocijo y que nos ponga en contacto con lo recóndito que todos escondemos. Y que nos libre del ruido cotidiano. Pero, ¿qué podemos hacer cuando la música también se ha tornado ruido mundanal y ordinario, vulgar y carente de significado? ¿Música clásica y jazz? ¿Y qué hacemos con todo lo demás?






