The Fall y Mark E. Smith: Pizcas de literatura, música, fantasía...
Mete en una coctelera algo de trovador y de arlequín, una pizca de poeta, de intelectual, de vanguardista, de modernista, un poco de rebelde y bromista, de caricaturista y obrero, entonces piensa en un grupo de rock, moldea sonidos hipnóticos y letras que rememoren caricaturas grotescas, satíricas y estrafalarias; un poco de surrealismo y un poco de futbol, cerveza, pastillas, cómics, fábricas y pubs… entonces tendrás a un genio como Mark E. Smith y una banda como The Fall.
Sin lugar a dudas, Mark E. Smith, su trabajo, su obra de una vida entera, y The Fall, esa agrupación que parecía más una asociación de desempleados descontentos con la vida y con la realidad, son dos de los fenómenos del rock más originales que ha parido el género.
Mark E. Smith fue The Fall; fue el chamán, el guía espiritual
Oriundos de Manchester (misma ciudad plagada de bloques de pisos, de chimeneas de ladrillo, de paro, salas de conciertos, tráfico pesado y parques sombríos que nos dio a Joy Division), The Fall despegó como uno de esos reductos de descontentos con el punk que decidieron romperlo todo y empezar de cero.
¿Y de qué manera? Pues con la experimentación, la desnudez de todo complejo artístico y la creatividad más exacerbada. De ahí que nos vengan ecos de The Velvet Underground, David Bowie, The Stooges, entre otros; y en cuanto a los referentes literarios que inspiran los versos de sus canciones, pues tenemos a Lovecraft, T.S. Eliot, H.G. Wells, Wyndham Lewis, Nietzsche, Philip K. Dick, Kurt Vonnegut (en ese desorden).
Y de ese caldo de cultivo de influencias musicales y literarias, claro: debía aparecer esa explosión de tentáculos deformes que se extienden a través de los extravagantes sonidos y letras que trazan un mundo impulsado, a partes iguales, entre el realismo (plasmado en la vida urbana y obrera, la cerveza, los partidos de fútbol, las farmacias y los autobuses de vuelta a casa después de la jornada laboral) y la magia (los hongos alucinógenos, los rostros borrosos y grisáceos como de un retrato de Francis Bacon, los goblins, los viajes espacio temporales…).

The Fall, su genio detrás: Mark E. Smith, su realismo mágico, es al rock lo mismo que Gabriel García Márquez a la literatura. Por eso los temas de The Fall nos suenan a viajes alrededor de nuestra habitación pero más elevados y lisérgicos, solo que también con una caída más cotidiana, asfaltada, etílica y horrenda.
Mark Fisher (ese teórico del postpunk) dice: “Desde el punto de vista de la cultura oficial burguesa y de sus categorías, un grupo como The Fall —de clase obrera y experimental, popular y modernista— no podría ni debería existir, y en The Fall destacan por la manera en la que esbozan una política cultural de lo raro y lo grotesco”.
Exacto: es una rareza sin igual dentro del rock que deforma a conveniencia todo lo que fue y lo que vino luego (haciendo y recreando una especie de cultura alternativa). Raro, muy raro, y a su vez, popular. Mark E. Smith: un cuentacuentos que, sin embargo, cuenta sus fábulas a medias (fábulas que son fragmentos de transmisiones de locura cotidiana).
Glosas de una realidad que se diluye psicótica y febrilmente en invocaciones extrañas de imágenes que entremezclan lo vulgar mundano, con lo extraño sobrenatural.
Caótico. Y con una discografía larga y excepcional. The Fall fue una formación que pasó por infinidad de cambios, sin embargo, hay que reconocerlo, Mark E. Smith fue The Fall; fue el chamán, el guía espiritual (el psicopompo desde el mundo corriente a lo raro que hay en el mundo) que llevaba la batuta de la banda; su corazón.
Hacía falta escribir sobre Mark E. Smith y The Fall. Queda mucho por decir. Pero esta es una entrada de última hora, escrita a contrarreloj y sin revisar. ¿Lo dejamos por aquí? Bien.






