España Vacía: Los pueblos, el campo, el paisaje
Se suele llamar España vacía —a grandes rasgos— a esa franja de la geografía que comprende la meseta peninsular y la depresión del Ebro. Comprende la mayor parte del territorio y es, a su vez, la más despoblada. Ahora que ya lo hemos situado cartográfica y demográficamente, intentemos dilucidar que es en realidad la España Vacía. Responde, antes que nada, a una realidad de las zonas rurales. Y como cualquier fenómeno, tiene su parte de mito y su parte de realidad.
Ciertamente, como alguien que peregrina cada año hacia esos lares, concretamente a esa parte que autonómicamente se denomina Castilla y León, siendo aún más precisos, a un pueblo de la provincia de Palencia, los forasteros, y más los que venimos de ciudad, solemos idealizar el campo.
Nos sentimos, a veces, una versión inversa de Paco Martínez Soria llegando a la ciudad, en nuestro caso, llegando a los pueblos: nos resulta extraña la naturaleza espontánea del saludo, la cercanía de los moradores, la carencia de anonimato, las expresiones y jerga que en medio de una conversación se lanzan (con tonos de labranza y aridez).
Pero el campo no es una de esas estampas patriarcales, telúricas, arcaicas y campechanas que José María Gabriel y Galán representaba en sus poemas —esa romantización rural de labriegos que nunca pasan penurias y trabajan la tierra siempre con alegría—; tiene su aquel de melancolía de cadencia machadiana, su protesta solitaria de hambrunas de Azorín, su violencia, su belleza, su crueldad como en un día de caza de Miguel Delibes. Tiene una indecible soledad reconfortante y también un firmamento que inspira y revela.
Los pueblos, alma de la España vacía, han ido declinando. El conflicto viene de antiguo. Desde antes de la revolución industrial. Porque el triunfo de la civilización ha sido el triunfo de la ciudad —de la civitas—. Fuera de esa civilización quedaba el campo —la barbarie—. Se engaña quien piensa que el problema reside únicamente en cuestiones socioeconómicas. Me refiero a lo siguiente: quienes se encontraban en las ciudades, los cortesanos, los burgueses, consideraban el campo como una región bárbara y salvaje.
Aún hoy, a pesar de los esfuerzos del ecologismo cool y los estilos de vida “alternativos” —fraguados por hipsters urbanitas desde los claustros universitarios—, sigue existiendo esa visión alrededor del mundo rural, a saber, que es tierra árida, inhóspita, montaraz, cuando no atrasada y cazurra; mientras tanto, la ciudad se erige como remanso de esplendor y prosperidad.
Bien: los monumentos de esa civilización urbana, por el momento, son cadenas hoteleras, franquicias de comida rápida, salas de conciertos, bares, restaurantes, pelotazos urbanísticos y chirimbolos de arte contemporáneo. (Con sus muchedumbres, su aislamiento y desarraigo; todas las artimañas que deja la economía y el desarrollo globalizado).
La España vacía parece una tierra vetusta que se ha encerrado en sí misma —como un bastión atávico—; una tierra que, a pesar de todas las embestidas tanto económicas, sociales, políticas y culturales, se ha negado a desaparecer
Cuando pensamos en la ancha Castilla no visionamos sus ciudades (aunque las tiene, y han sido escenarios trascendentales; centros de gran importancia histórica). Preferimos trasladar nuestra imaginación a Madrid, a Barcelona, a Sevilla, a Bilbao o alguna de esas babilonias donde abundan las diversiones, los enjambres de hoteles, las playas colonizadas por turistas.
Esas urbes vetustas como Valladolid, Burgos, Toledo, Soria, Salamanca, Palencia, León, etc., suelen pasar por alto en nuestro imaginario. Ciudades de gran calado histórico y cultural, pero sin apenas relevancia económica, industrial o turística (los europeos de países frígidos y protestantes buscan costa, sol y playa, cuando no discotecas, bronca y bullicio).
Esas otras ciudades —que escoltan como guardianes la España vacía— son hoy gigantescos archivos históricos donde se narran las gestas de los héroes nacionales. No atraen a tantos curiosos como lo hacen las playas, las luces de colores, los barrios bohemios, la comida barata y las tiendas de souvenirs. Dirigirse a Ávila y posar la visión en sus calles medievales, en su muralla intacta, no parece interesar tanto como disolverse en una borrachera.

Sin embargo, la ciudad es falsedad, anonimato, dislocación; en la Biblia, Babilonia, era el mayor centro del vicio, donde el espejismo y el placer triunfaban, donde las lenguas se tornaban una vorágine entremezclada e incomprensible. El campo siempre ha sido visto como pureza y virtud, como afirmación vernácula de una patria. El pueblo simboliza la preservación del fuego primigenio: la Tradición.
Esta palabra hoy parece remover a partes iguales admiración y odio, pero, para aquellos que quieran poner realce en lo que en la herencia acontece, este vocablo debería resonarles como el eco de un bordón en medio de un valle.
Se quiera o no, con la Tradición tenemos un vínculo indisoluble. Los reductos rurales deberían servir de reserva de recursos espirituales. Por eso, para el campo, el signo del Progreso siempre le ha supuesto una amenaza. En parte, se ha querido trasladar el estilo de vida urbano a las zonas rurales, o si no se ha pretendido edulcorar su realidad mediante planes y programas que atrajesen el turismo y a los jóvenes. Pero campo y ciudad tienen ritmos demasiado antagónicos como para confraternizarlos.
La España vacía parece una tierra vetusta que se ha encerrado en sí misma —como un bastión atávico—; una tierra que, a pesar de todas las embestidas tanto económicas, sociales, políticas y culturales, se ha negado a desaparecer. La irrupción de la meseta es abrupta.
No tiene progresión: se alza de repente a través de las ventanillas de los trenes y los coches; del revoltijo de bloques de pisos, centros comerciales, almacenes y desguaces, al árido paisaje donde apenas se pueden encontrar viejas construcciones ruinosas, campos; apenas algunos rastros que indiquen que por allí pisaron hombres.
Ciertamente, la España vacía ha sido y es un paraje muy maltratado. Sin embargo, si aún puede sobrevivir algo, sobreponerse a esa megalítica mezcla de parque temático y museo en el que se está convirtiendo Europa y las grandes ciudades españolas, debemos buscarlo en las zonas rurales.
¿Cuántos tarde o temprano no optarán por el destierro ahora que no hay posibilidad de vivienda ni arraigo, ahora que los barrios se enrarecen y pierden terreno en nombre de cadenas, turismo y multinacionales, ahora que el mundo tecnificado asalta todos los aspectos de la vida —los gestiona, los sopesa, los ausculta, los estandariza y mediatiza—; ahora que el gris hormigón, el humo y el ruido, que el algoritmo, la inteligencia artificial, los móviles, los molinos eólicos plantan su soberanía sin que podamos hacer nada?
Está bien. Detengámonos en la meseta. En la España vacía. Veamos esas casas rojizas, apiñadas, pedregosas; el amarillo del trigo que da buen pan; los campanarios alrededor de los cuales viraba el resto de arquitecturas —como el sol y los planetas en su devenir—; los girasoles; los caminos áridos por los que se levanta el polvo de muchos siglos. Detengámonos en ese otro país dentro del propio país, y del cual la gente se ha olvidado.





