De artistas, hambres y artistas del hambre
Se piensa, también, que un poco de miseria es cosa buena para el escritor y que el régimen de pan y agua aviva el cerebro y aligera la vista.
¿No es la tradición literaria que el literato se muera de hambre?
En esto, como en todo lo demás, yo soy antitradicionalista.
Pío Baroja
Se suele argüir que los artistas (esto en amplio sentido: desde pintores hasta poetas) son gentes dadas a las miserias materiales, cuando no, a pasar hambre. Este “pasar hambre” ha pasado a la cultura popular como una especia de norma no escrita de los buenos artistas, es decir, pasar penurias o incluso carestía endurece, invoca la inspiración.
Aunque no hay nada de claro en esto. Quizás se trate solo de una leyenda, de un mito. Porque o bien dichos artistas eran gentes de familia acomodada, o bien compaginaban el desagradecido oficio de escritor con otro oficio; uno que si les brindase lo suficiente para llevar algo de comer a la mesa.
Pocos son los casos de artistas famélicos (eso teniendo en cuenta de que existan), ya que cuando el hambre aprieta, la última de las preocupaciones que se tienen es buscar una modelo a la que retratar o un paisaje con una luz adecuada, o acertar con los metros de un poema, o con un nuevo tema para una siguiente novela. Pero el mito se asentó, el hambre se tornó para el artista un ejercicio ascético que fortalecía el alma y alejaba los demonios del cuerpo.
No muy distinto a las viejas creencias cristianas de que ciertos alimentos podían despertar la líbido y los malos deseos, de ahí que los místicos tuviesen por costumbre llevar estrictos ayunos para acercarse a Dios y alejarse de los males que atentan contra el espíritu: carne, mundo y diablo.
Pero en los artistas la cosa no queda clara: el ayuno no parecía algo de lo que se deleitasen; la carestía brilla por su ausencia. Puede que existan excepciones, desde luego, pero son solo eso: excepciones. Y esas excepciones nacen con la bohemia. Tenemos el caso de Van Gogh quien, se dice que antes de ser pintor, cuando solo era un sacerdote en una pobre región minera de Bélgica, pasaba hambres indecibles para solidarizarse con los campesinos (cosa que le costó peor fama que piedad).
Es en esta época cuando pinta uno de sus cuadros más célebres (célebres en la posteridad, entiéndase): “Los comedores de patatas”. La escena es lúgubre, se respira la miseria, el decaimiento, el cansancio; los personajes son caricaturescos y deformes; el único consuelo son unas pocas patatas y algo parecido al café. Al ver este lienzo, Van Gogh —más juzgando el oscurantismo que caracteriza a esta época del pintor— aún estaba lejos de esos campos de girasoles en Arlés, de la noche estrellada, de los cafés y tabernas. Se aleja sobre manera de esas impresiones que posteriormente plasmaría en sus obras.
Las patatas, a pesar de la infinidad de maneras de prepararlas, desde las más sencillas a las más sofisticadas, sigue pasando por ser alimento simple, barato y vulgar. Manchado de tierra, con poco atractivo visual, nada llamativo. De otro modo no podía ser que artistas como Paul Cézanne, Claude Monet, Paul Gauguin se interesasen por pintar en bodegones voluptuosos frutos, tales como manzanas, uvas, peras, melones, duraznos, o dulces como bollos, o incluso se aventuraron a representar jugosos trozos de carne y cabezas de ajo, o despojos de incursiones cinegéticas (faisanes, liebres, patos, avefrías), a veces acompañados de verduras (espárragos, alcachofas), o incluso de marisco y pescado.
En cuanto a Toulouse-Lautrec, él estaba más interesado en lo que se bebía que en lo que se comía, y aunque en los artistas antes mencionados también se encuentran botellas y jarras rebosando vino, el maltrecho libertino prefería el hada verde y lo que acontecía cerca de los bidés. No, Toulouse-Lautrec no era muy aficionado a representar alimentos en sus cuadros, quizás porque por su posición de aristócrata —y luego su fama de cartelista— ni por asomo sabría lo que es el hambre. Sus apetitos eran de otra clase.
Las entrañas no pueden picar antes de ponerse al trabajo artístico, y tan buenas son patatas y manzanas como lo son carabineros o faisanes rellenos de duraznos.
Todo lo dicho no demuestra nada, ni frugalidad ni exceso. Ni siquiera Van Gogh después, en su época más colorida, sabemos si pasaría hambre o no (lo más seguro es que no). Pero se debe seguir manteniendo el relato de que el artista —el artista a partir del Romanticismo— es alguien dado a toda clase de sufrimientos, tanto materiales como espirituales, y que de su sufrimiento, emanan las espigas más fecundas de su arte.
Otro ejemplo pictórico que podemos traer sería el de Amedeo Modigliani, dado a las figuras estilizadas como las de El Greco, cuya leyenda dice que se entregó al arte a pesar de las enormes penurias económicas por las que atravesó, a veces buscando consuelo en el alcohol y las drogas. En París vive en una comuna proletaria. Su día a día se caracteriza por el desenfreno, y a fingirse vagabundo. Pero nada denota un hambre excesivo, sí un afán autodestructivo —por supuesto—. Hay más hambre en los retratos de Egon Schiele…

El mito del artista famélico se va diluyendo. En poetas y novelistas, lo mismo. Es difícil encontrar escritores que se matasen de carestía como modo de perfeccionarse artísticamente. Y si los hubo, si por casualidad los hubo, no es menos loable. Pero insisto: sin las necesidades básicas cubiertas, la creación artística se torna casi un imposible. Cuesta encontrar un caso de un escritor famélico que en sus obras exprese la angustia de pasar hambre.
Tan solo se me viene a la cabeza un caso, y ese el de Knut Hamsun y su novela “Hambre”. Esta narra las peripecias de un hombre joven (cuyo nombre desconocemos) que se dedica a deambular por Cristiania (actual Oslo), buscando medios de vida empeñando objetos o publicando artículos en periódicos cuando puede, mientras el hambre va degradando su humanidad.
Como muchos de los personajes que describe Dostoyevski, el protagonista de “Hambre” es un individuo contradictorio, voluble e irracional que parece actuar en contra de sí mismo. El hambre se torna en el conjunto de la obra un estado psicológico antes que fisiológico; es una alegoría de la falta de humanidad que sufre el protagonista: lo que siente, en verdad, es una especie de hambre existencial.
Pero quizás no tanto hambre. Teniendo en cuenta la biografía de Knut Hamsun, aunque aventurero antes que escritor reconocido, ejerció en múltiples oficios para poder sobrevivir. ¿Es “Hambre” un reflejo de la juventud del propio Knut Hamsun intentando ganarse la vida como escritor? Es posible. Aunque nada indica que el noruego no tuviese su buena ración de tocino ahumado.
Ni él ni tantos otros que antes que escritores de renombre —los que llegaron a serlo en vida, que fueron la mayoría— trabajaron para poder ganarse el pan. Porque lo de poder ganarse la vida como escritor es fenómeno reciente.
Los que no eran aristócratas o adinerados burgueses que podían permitirse el lujo de la sopa boba, se desempeñaron en los empleos más diversos: Zola fue primero dependiente de una librería, luego empezaría a publicar columnas en periódicos; Chéjov escribía cuentos para pagar las deudas, ya que solo con el sueldo de médico no le llegaba; Kafka fue funcionario público, igual que Paul Valéry y Guy de Maupassant; Pessoa fue corresponsal comercial, lo cual le permitía compaginar literatura y trabajo… y aguardiente; Bukowski parecido: trabajó primero en todo tipo de empleos de baja cualificación, luego en una oficina de correos, hasta que tuvo la oportunidad de dedicarse por entero a la escritura.
Y así podría continuar con tantos otros, pero creo que queda claro: ninguno renunciaba a su sueldo o se imponía el hambre como forma de mística literaria; todos llevaban pan a la mesa como bien podían, y cuando estaban satisfechos, se entregaban a sus letras.
El hambre no ha sido norma de los artistas. No se puede pintar, o escribir, o componer música, o esculpir, mientras se tenga el estómago vacío. Tampoco es que se hayan entregado a la miseria material para así acercarse al arte con mayor “pureza” de espíritu.
Algunos habrán podido renunciar a ciertas comodidades, sí, pero no a la necesidad de comer. Las entrañas no pueden picar antes de ponerse al trabajo artístico, y tan buenas son patatas y manzanas como lo son carabineros o faisanes rellenos de duraznos. Las costumbres alimenticias de los artistas son las que son: tienen que ver con la posición social que detentan, con la sensibilidad de sus sistemas digestivos, con la región geográfica en la que se encuentran, con lo que gustan y degustan.
No existen muestras de que cuando un artista pasa hambre su talento mejore exponencialmente. Parecido sucede con la supuesta locura de los artistas. Se dice que los artistas locos son mejores y más lúcidos; bien, solo un mito más a lanzar para embellecer la locura y los trastornos mentales. Pero los artistas locos no son talentosos por locos, sino a pesar de estarlo. Lo mismo el hambre, si alguno fue alguna vez un famélico artista, no fue artista precisamente por famélico, sino a su pesar. Pero hambre, lo que se dice hambre, no hay mucho en el terreno del arte…



