001 – Loor a Brian Wilson y el legado de «Smile»

Brian Wilson

Brian Wilson (1942 - 2025)

Ha tenido que dejarnos en el umbral del verano. 

El pasado 11 de junio de 2025, Brian Wilson falleció a la edad de 82 años. Aunque recordado sobre todo por sus éxitos pop surferos y edulcorados de voces lánguidas y armoniosas, de hecho, fue uno de los mejores y más originales compositores del siglo pasado —y del presente si se me apura. 

Recuerdo mis primeros contactos con Brian Wilson y The Beach Boys. Tendría yo… trece o catorce años. Iba al instituto. El resto de gente escuchaba otro tipo de música, y esa música sería un sólido pilar alrededor del cual estructurarían sus personalidades; la guardarían por siempre como un baluarte.

A mí me golpeó de otra manera. No escuchaba lo que en las listas de éxitos o en las discotecas se dictaba que era popular. Solía irme más atrás. Buscar otros sonidos acordes con mi manera de ser y mi propia consciencia. 

Yo, por aquel entonces, ya había tenido contacto con esos The Beach Boys veraniegos que hablaban de chicas de ojos azules y cabello rubio (arquetipo de la belleza femenina yanki), de coches antiguos, y de pasar las tardes en hamburgueserías.

Recuerdo cuando en una tienda de discos de Barcelona topé con una de las grandes obras inacabadas del rock (tan grande como puede serlo “Lifehouse” de The Who): el álbum “Smile”. La portada engaña: un dibujo infantil de una tienda donde parece que se venden sonrisas. Pero una vez uno se adentra en sus cadencias, comprende que su mundo está por expandirse…

Quizás abandonaron el proyecto cuando estaba casi terminado por eso mismo: por ambicioso… tan ambicioso que siempre iban apareciendo nuevos problemas que aplazaban su lanzamiento. Proyectado como una especie de sinfonía (álbum conceptual no le hace justicia), los temas van ensamblándose los unos con los otros hasta crear un todo “coherente” (algo que aún era inusual en 1966). Y aunque la idea no es del todo clara (reflujos del LSD y la marihuana), el conjunto adquiere unidad mediante sonidos recurrentes, leitmotivs, cromatismos y patrones que van repitiéndose.

Brian Wilson, sin embargo, mantuvo una distancia desinteresada con la temática del álbum; fue el músico, arreglista, letrista y compositor Van Dyke Parks (quien tuvo un enorme protagonismo en el desarrollo de “Smile”) el cual ideó toda una imaginería de la cultura americana, aunque finalmente la obra carece de una cohesión narrativa, y su unidad es más bien fragmentaria y sonora.

El resultado fue un mosaico de símbolos estadounidenses algo caricaturescos que iban desde parodias de los westerns (“Heroes and Villians”) a las burlas a la vida sana y a los alimentos orgánicos (si, “Vega-Tables”, esa canción en la cual se dice que se puede escuchar a Paul McCartney mascando apio; pero también “I’m in a great shape”).

Sea como fuere, el álbum ha gozado de múltiples interpretaciones: también se ha visto como una loa a la infancia en el contexto yanki, un ideario de espiritualidad e introspección, o dicho por el propio Brian Wilson posteriormente: un alegato contra la conformidad de los adultos. Un motivo recurrente que respalda esta idea es el tema “Child is father of the men”, alusión a un verso del poeta romántico William Wordsworth.

Brian Wilson dejó su impronta más allá de los iconos del verano. Nos legó una huella de música y sueños preciosos. Un soñador, un músico como apenas hoy quedan.

También se tenía pensado incluir una suite cuadrangular alrededor de los cuatro elementos: Fuego, Agua, Aire y Tierra, aunque tal idea quedó suspendida y de ella solo se desprendió “Fire (Mrs. O’Leary’s Cow)” (Fuego), “Wind Chimes”(Aire), “Vega-Tables” (Tierra) y la inacabada “Cool, Cool Water” (Agua) (¿nadie ve en esta estructura a cuatro caras algo del embrión de “Quadrophenia”?).

Cada tema, cada retazo, cada cadencia es memorable. Una corona de estilos que oscilan entre el rock psicodélico, la música de cámara, las corales de iglesia, el ragtime, la pura experimentación con sonidos cotidianos, etc. Además de contener uno de los éxitos más recordados de The Beach Boys: “Good Vibrations”. La grabación de este solo tema ya es memorable: se gastó una cifra exorbitada (más de 50000 dólares), se realizó en 5 estudios diferentes y participaron 26 músicos profesionales tocando más de 17 instrumentos. El single fue un triunfo monumental en Estados Unidos e Inglaterra. 

Tampoco puedo olvidar canciones como “Wonderful” o “Surf’s Up”, que fueron temas que marcaron mi gusto musical y lírico posterior.

“Wonderful” es un perfecto ejemplo de eso que se ha dado por denominar pop barroco (en todo la absoluta y amplia anacronía de los neobarroquismos de Omar Calabrese): se escucha un clavicordio y algunos vientos metales mientras se nos narra la historia de una chiquilla que se ve trastocada con la pérdida de su virginidad… 

¡Ni que decir de “Surf’s Up”! Que el título no lleve a engaños, no es uno de esos temas de días de playa y tablas de surf, sino una oda plagada de metáforas y referencias literarias (como ese verso que preludia diciendo: “A diamond necklace played the pawn”, referencia al cuento “El collar”, de Guy de Maupassant; o ese otro pasaje que dice: “The pit and the pendulum drawn”, alusión al relato “El pozo y el péndulo”, de Edgar Allan Poe).

Todas esas insinuaciones al periodo patrístico culminarían en una alegoría de los imperios y las instituciones derrumbándose… profecía de lo que pasaría con la sociedad… y con la música. El vacío de la vida y el exilio hacia la infancia. La búsqueda de Dios. De la sabiduría. Antes de que el mundo se sumiera en el materialismo oportunista y depredador… cerrando el tema, de nuevo, con el motivo “Child is father of the men”… ¡Cómo golpea el romanticismo!

The Beach Boys. Brian Wilson es primero por la izquierda.
The Beach Boys. Brian Wilson es primero por la izquierda.

Pero la realización del álbum se vería truncada por los signos tempranos de paranoia y depresión por parte de Brian Wilson a finales de noviembre de 1966, a causa del consumo de drogas. Por esas fechas, durante la grabación de “The Elements: Fire” (pieza que se llevó a cabo en unas condiciones anómalas: los participantes se ataviaron con cascos de bombero de juguete, se quemó madera para generar crepitaciones de ambiente, se emplearon silbatos y golpeteos de triángulo…) se dice que Brian Wilson comenzó a delirar con la posibilidad de que ese tema hubiese desencadenado una serie de incendios en los aledaños del barrio donde se encontraba el estudio (incluso se rumoreó durante un tiempo que quiso quemar las cintas de esta grabación).

Otros motivos que provocaron el abandono del proyecto fueron desavenencias entre los miembros de la banda (sobre todo el antagonismo entre Van Dyke Parks y Mike Love) y la desconfianza que esta obra generaba por considerarla demasiado espesa y experimental.

Aquel álbum condenado podría haber tendido a The Beach Boys en los brazos de Orfeo; incluso más alto vuelo del que ya habían tomado con “Pet Sounds”. Pero aquella “sinfonía adolescente dedicada a Dios” quedó suspendida y un halo de misterio se cernió sobre ella. Habría sido una de las piedras angulares de la experimentación y la vanguardia del rock si hubiese aparecido a tiempo… poco después de que la banda abandonase el proyecto, se publicaba el disco de The Beatles “Sgt. Peppers Lonely Hearts Club Band”, lo que supuso una derrota a manos de sus rivales británicos.

Finalmente, como sucedió con “Lifehouse”, que tuvo a bien conformarse con “Who’s Next”, el “Smile” tuvo que achicarse y adaptarlo hasta convertirse en el “Smiley Smile”, haciendo acopio de algunos de los temas ya concluidos; el resto, tuvo que esperar a aparecer en álbumes posteriores, hasta que en 2011 se publicaría un box-set con todo el material de las sesiones: aquel que tuve la suerte de conocer de casualidad paseando por Barcelona. 

The Beach Boys, Brian Wilson, el humilde redactor de este loor, nada de eso podría entenderse sin el influjo del álbum “Smile”. ¡Los días de descubrir y de adentrarse en nuevos horizontes nunca explorados! No solo televisión, alimentos azucarados, centros comerciales, juegos de ordenador… patios del recreo, saltos, tardes soleadas… A veces una habitación, un tocadiscos… ¡soledad! Y dejarse transportar por los vaivenes de la música y la edad prohibida. ¡Era como encontrarse ante un nuevo renacer!

Esas canciones en bucle reverberando sobre las paredes… solo para que el lunes disolviese esos sonidos celestiales… y volver a adentrarse en ese revoleo de mochilas, de libros de texto; a la bravuconería, los cotilleos, al deslizar de pupitres… Hoy lo recuerdo todo. Perdura. Lo escucho aún emanando de los altavoces que custodian mi cuarto.

Brian Wilson dejó su impronta más allá de los iconos del verano. Nos legó una huella de música y sueños preciosos. Un soñador, un músico como apenas hoy quedan.

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