002 – Léon Bloy y sus inquisiciones

Léon Bloy

Léon Bloy (1846 - 1917)

¡El loco de Dios! ¡El profeta! ¡El peregrino del Absoluto! Coleccionista de odios, como le denominó Borges. Aquel bigotón pedigüeño —cabronazo— que se dedicaba a cosechar tantos enemigos como con su solo esfuerzo podía. El de insulto lenguaraz, el fabricante de hirvientes jeremiadas. La gárgola que agitaba a la gleba y más a los prohombres de las letras francesas. Despiadado en polémicas. Su solo nombre, Léon Bloy, suena como un rugido letárgico. Fue profeta y santo… o panfletario y exaltado. Pero, a la postre, pluma sin igual. Topé con él como quien se topa con un leproso.

El P. Leonardo Castellani ya advierte que la mejor obra escrita por Léon Bloy fueron sus propios diarios personales, con los que me enfrento ahora, pero en su momento, me atraganté con sus soflamas publicadas en Le Chat Noir.

Vemos que no teme derribar ídolos tales como Victor Hugo, Zola, Renan y Huysmans; y Dante, y Tólstoi, y Cervantes y tantos nombres que no cabrían ni en el registro civil; no escatima en improperios ni en denuestos, no calla por quedar bien, ni le asusta el ir a contracorriente de su época. Sus palabras queman, se infiltran como una peste. Sus pasajes son una biliosa pompa de pus inquisitorial. Fue Rubén Dario quien, sin embargo, le coronó con el sambenito de “raro”… ¡y acertó! Le otorgó un honor enajenado de peculiaridades tanto personales como literarias.

Pero en su tiempo se le consagró al silencio. Ni una sola mención más que para insinuar que se trató de un loco iracundo que de vez en cuando escribía. Y a pesar de que en su boca retumbaba la Biblia, nunca, quizás nunca nadie vociferó tanto y tan salvajemente en nombre de Dios… ¡ni Tomás de Torquemada llegó a tanto!

Y aún le quedaba aliento para atacar al Burgués, a la Ilustración, al dinero, al ateo, al materialista, al antisemita, al alemán, al Progreso. ¡Progreso! ¡Asqueroso tentáculo engañoso y pérfido! ¡También quiero que lo arranquen de mí! ¿Qué hubiese dicho Léon Bloy de las placas solares, del metaverso y de la Inteligencia Artificial en un mundo donde la Inteligencia Natural brilla por su ausencia? ¡Qué arranquen del populacho las ilusiones del Progreso! ¡Quién pudiera poseer tanta radicalidad intempestiva! ¡Injuria! ¡Injuria! Querido escritor: quema tu contemporaneidad con hierro candente.

Si fue de entendederas agitadas, lo fue por lo que tenía de místico

Y luego de sus artículos cargados de tortura y capirote, vinieron sus cuentos. Sus descorteses y feroces cuentos. Cuentos que hielan la sangre al de mejor temple. Relatos de revanchismo por la derrota que sufrió Francia contra los prusianos (los feroces) llenos de desgarradoras escenas y barbarie; historias de obsesiva inverosimilitud, odios viscerales y crímenes atroces (los descorteses). Caen en tromba contra su enemigo declarado: la Burguesía… y aún hoy y ahora son como un obús impactando sobre una capital. ¡Quién pudiera remover tanto con tanta brevedad!

Mendigo ingrato apresado por una visión del Pecado que ha hecho del Mundo su rehén. Y en aquel Mundo prostituido y decadente que es antesala del nuestro, que es y ha sido siempre Valle de Lágrimas, se dedicó a buscar el Absoluto y a enloquecer un poco cada día.

En su juventud fue un fervoroso ateo que coqueteó con la Comuna de París, pero su encuentro con Barbey d’Aurevilly lo cambió todo. D’Aurevilly: dandy, decoroso, elegante, reaccionario, causó una fuerte impresión en Léon Bloy; tan fuerte que abrazó con ansias el catolicismo. Por el camino, se enamoró de una puta a la que también convenció para que se hiciese católica… solo para más tarde diera con sus huesos en un manicomio.

Y aún disconforme, probó con una protestante con la que tuvo cuatro hijos (dos de ellos muertos prematuros)… y a la que también hizo que se convirtiera al catolicismo. Pobre materialmente, pero de espíritu tremendamente rico, siempre estuvo a merced de la angustia de quien no tiene ni un céntimo. Su vida no estuvo hecha para adaptarse al modo Burgués: ese molde que mientras entre las manos sostiene un rosario, por debajo está practicando el adulterio; ese molde del canalla y el bellaco que ruge en las tertulias de bar y cafetería como un periodista o como un parlamentario.

Jules Barbey d'Aurevilly
Jules Barbey d'Aurevilly

Léon Bloy fue un antimoderno como lo proyectó un posterior paisano suyo: Antonin Compagnon. Alguien que mira escéptico a través del espejo retrovisor, sin dejarse seducir por los sobornos utópicos de la Modernidad. Unido en matrimonio a la pobreza. Tan ajeno a sus congéneres de la III República y a las hazañas del siglo del positivismo. Rezongando contra los ricos que emponzoñan sus bolsillos a través de las miserias de los desfavorecidos.

Si fue de entendederas agitadas, lo fue por lo que tenía de místico. Dice Juan Manuel de Prada en defensa de este puñetero maldito: “A Léon Bloy sus contemporáneos lo leyeron como si fuese un panfletario atroz, un polemista incendiario. Si solo hubiese sido eso habría sido incorporado con todos los honores al canon literario. Pero Bloy era, antes que nada, un místico. Por eso sigue coleccionando odios, cien años después de su muerte.”

Y aquí hago un alegato por lo que tenía de genio, por lo que conservaba de inquisidor. Él no es actual, ni contemporáneo, pero tampoco antiguo, ¿desea un regreso a la Edad Media, cuando los poderosos temían a Dios? —quizás—; él es atemporal, de nunca y de siempre, solitario, colérico.

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