Modernidad: Diagnóstico de nuestro tiempo
Como sigue: el tiempo es extraño y disoluto. Y los acontecimientos se suceden y solapan sin que podamos aprehenderlos. Ese caleidoscopio de acontecimientos. Aún no ha terminado uno que ya ha empezado el siguiente. Pintamos la vida de espejismos; una storie de Instagram permanece veinticuatro horas, luego desaparece. Parece una metáfora de esos instantes fragmentados que conforman la vida (esta vida pauperizada de consumo de basura, trabajo extenuante, estulticia y pobreza). Repetido múltiples veces, persiguiendo a Baudelaire: despojados de lo trascendente para atarnos a las necesidades de lo bajo. Las contingencias de la modernidad. Lo transitorio, lo fugitivo, lo que arrebata la eternidad.
La inhumana lógica sadomasoquista, el perpetuo estado de excepción. Mucho se ha dicho al respecto, me parece, pero jamás suficiente. Baudelaire puso su propia sangre para describir los primeros desmanes; los incipientes ritmos que ahora se hallan en un estado terminal. Si no te ahoga lo que te rodea, si no te asquea, quizás puedes seguir con la debacle circundante y decirte a ti mismo “todo va bien”.
Coge el periódico, enciende la tele, apaga tu pulso, enzárzate en las interminables volaterías de las redes sociales… simplemente, sé parte del espectáculo, del stand up en el que se ha tornado toda interacción social. Más zafio, más zafio, la obligación de que sea más zafio. El medio es el mensaje, nos recuerda Marshall McLuhan; la modernidad, la modernidad tardía, el frasco en el que se contienen todos estos accidentes, el medio y el mensaje a la par efímeros y vaporosos. Obsceno.
Obsceno porque se pierde la intimidad. Porque no podemos estar solos. Ni aburrirnos. Sino siempre al tanto, siempre alerta. Conectados en nuestro aislamiento. Con las chucherías que adulteran la especie y la generación; sangre edulcorada: videojuegos, bebidas energéticas, alcoholes, desarrollo personal y emprendimiento, comida a domicilio (más vistosa, más veloz, más insalubre y artificial), la filfa de la información, la pecera democrática, la violencia viralizada, el scrolling interminable y adormecedor (y vuelve a refrescar la página, por si acaso). Y así se nos arrebata un poco más de esa región interna, cada vez más profanada y machacada por las geometrías monstruosas de los tecnócratas.
Esto, por lo menos, desde 2020 (quizás de antes, pero por poner una fecha clave). ¿Hubiese sido posible contener a la población de buena parte del globo confinada sino hubiese sido por Internet? Lo creo difícil. Y de ahí se incuba el poder que tiene el espejismo cavernario, la apariencia de que habitamos el Paraíso (la interfaz y el algoritmo). Porque el Paraíso es, por norma, AR-TI-FI-CIAL. Pero en su lugar, han fundado para nosotros los Infiernos artificiales (o al menos el Purgatorio artificial, donde se espera, pero jamás llega a suceder nada). Porque nada llena; todo es superficial e insuficiente. Hasta de la experiencia personal se pretende un vaciamiento de significado.

Más pobres en aspecto no solo material, sino existencial. Una nación depresiva. Y su panacea falsa: los psicofármacos, la camisa de fuerza química. Donde todo es plano y contingente, vaporoso; la fuerza letárgica de este tipo de medicinas reestructuran la psique humana, la hacen parte del entramado cibernético, lo hibridan con la lógica tecnológica. ¿La popularización del LSD coincide con la invención de la televisión a color? ¿La expansión de los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina con el emponzoñamiento del scrolling? El aplanamiento existencial mediante la farmacología y la tecnología: conquista y sometimiento de lo íntimo.
Del mismo modo que entregamos nuestros datos voluntariamente para registrarnos en alguna red social, y nos transforman, a la vez que amplifican en el ciberespacio, y nos hunden en ese interminable océano por el que vamos dejando rastro, y nos codifican a su antojo. Nos volvemos carne incorpórea… Y somos parte de esta sociedad del sign up donde el control no se ejerce dentro de las viejas instituciones como la cárcel, el manicomio, la escuela o el hospital, sino que el dominio es ubicuo, se extiende más allá de unos muros definidos. Y se adapta a cada cual.
Mira por la ventana de tu cuarto. El cielo se apaga. Define con la mirada tenue las cicatrices de la realidad. Todo se torna extraño. La incertidumbre nos rodea.






