Vintila Horia: El hombre, su fe, su obra
Creo imposible seguir negando aquella profecía lanzada por Nietzsche respecto al “Último Hombre”: “Llega el tiempo del hombre más despreciable, el incapaz de despreciarse a si mismo.”
El Último Hombre: ese albañal de desmanes que se evapora en urnas electorales y centros comerciales. Los vemos a diario: ocupan estrados, repiten eslóganes, tienen cabida en los medios de comunicación, se tiñen el vello de las axilas, organizan talleres regados por el erario público, agitan banderas apolilladas y pancartas siniestras… y aun con todo, creen ser dioses, dioses que han inventado la felicidad —a la cual han puesto un módico precio y la han vendido—. En esta tesitura que nos encontramos, se ha pretendido también que la literatura se arrodille a los designios del hombre de la cancelación, del trastorno, de la ambigüedad, de la liquidez, de la pataleta y la socaliña.
Sucede que siendo el discurso literario de los más incómodos de los que se dispone, para sojuzgarlo habría que hacer lo que Platón quiso para su república ideal: expulsar a los poetas.
La literatura no es un refugio, no es un flautín para arrullar al Último Hombre y adularle con sus propias convicciones: es un frente de guerra, una bella soflama que se abre camino hacia la libertad. Si el Último Hombre quiere desgañitarse con sus desmanes, ahí tiene los antidepresivos, el consumo masivo, los gurús motivacionales, los activistas financiados, los periodistas, los “redpillers”, los “influencers”, toda la caterva de vendehumos, pero que no se les ocurra buscar consuelo en la literatura, porque esta es un desafío y un medio de desencanto del mundo. Nada mejor en la realidad en que vivimos —poblada de estas turbas más ridículas que peligrosas— que encaminarnos hacia la literatura.
En tiempos pretéritos —aunque no tanto, porque aún resuenan—, hubo un escritor que confrontó los males de su tiempo, que nos advirtió sobre el terrible error que pesaba en un mundo cada vez más tecnificado, secularizado y a la deriva.
Vintila Horia fue el gran exiliado del siglo XX. Pocos como él expresaron en su literatura la experiencia del exilio. Hoy, enterrado por los bienpensantes que no han podido aceptar a un hombre con ideas conservadoras y tradicionalistas, Horia fue un hombre que se vio acuciado por el nazismo y el comunismo.
Nacido en Segarcea, Rumanía, Vintila Horia, después de una infancia de gozo y amor, vinieron unos tiempos turbulentos tanto para él como para su patria. Libre por fin del yugo otomano dede 1877, sin embargo, en 1940, la Unión Soviética ocuparía parte del territorio rumano.
El rey Carol II encomienda el gobierno al mariscal Ion Antonescu, cuyo propósito es recuperar el terruño perdido; su política se irá dirigiendo a las fuerzas del Eje. Pero viendo la debacle, en 1944, Rumanía cambia de bando y comienza a negociar un armisticio con los británicos.
En consecuencia, Vintila Horia, que está en ese momento en Viena, es apresado y encerrado en un campo de concentración alemán. Más tarde, caído el régimen de Antonescu, los soviéticos se han hecho con el poder en Rumanía y tiene que exiliarse… desde ese momento empezará su éxodo particular: irá a Italia, a Argentina, a Francia, a España.
Vintila Horia es hoy un escritor que debería ser cabecera de todas las fuerzas de la reacción. Fue un escritor en rebeldía que va tomando conciencia del exilio —exilio más espiritual que físico—. Nos hace saber que frente a las hordas de la barbarie, la conformidad, la decadencia y la abulia, la poesía debe alzarse con voz de libertad reconquistada.
Donde existe el negro terror del nihilismo, hay que sembrar un destino de estrellas, de flores y de claridad de día. Como nuevos cruzados, esgrimir la pluma en nombre de la libertad.
De toda su obra, “Dios ha nacido en el exilio” es su culmen. Escrita en francés, a propósito del bimilenario de Ovidio, celebrado en 1958, volvió a leer al célebre poeta para comprender que él también fue un exiliado… un exiliado en el país de Dacia, actual Rumanía, donde permanecería hasta el final de sus días. En esta circunstancia de exilio es donde Vintila Horiaencuentra una luz de esperanza: el exilio de Ovidio queda iluminado por el nacimiento de Cristo… lo que se inicia es no solo el periplo personal y espiritual del poeta, sino una empresa de toda la civilización occidental en busca de sus propias raíces.
Con “Dios ha nacido en el exilio” le vino el reconocimiento y la fama, con ella ganó el premio Goncourt; pero también le costó la polémica. El gobierno comunista de Rumanía, molesto por el éxito de un disidente, emprendió una campaña de desprestigio contra Vintila Horia, donde se le acusaba de fascista y de desertor de la causa proletaria —aunque en 1945 se le hubiese condenado a trabajos forzados, haber escapado de las garras del terror rojo, en aquel entonces, era señal de que algo se estaba escondiendo.
Ante el escándalo que supuso en París, Vintila Horia tuvo que renunciar al premio Goncourt y comenzar una etapa de resignación que culminaría en otra novela que sería una respuesta a sus verdugos: “El caballero de la resignación”.
A pesar de todo lo narrado, es un autor que ha sido hoy también desterrado a las turbulentas mazmorras del olvido. Aunque pasó parte de su vida en España —por ejemplo, su conferencia “Poesía y Libertad” se pronuncia en el año 1959 en el Ateneo de Madrid—, es un nombre que resuena poco —más bien nada— en los planes de estudios de teoría y literatura comparada; menos aún en las tertulias y en las bocas de los supuestos intelectuales.

Para el PSOE state of mind es un autor incómodo; para el Último Hombre, una amenaza contra la molicie prefabricada y el letargo del panem et circenses (¡dejadles con sus producciones de Netflix y sus gafas de realidad virtual!). Y es que poner sobre la palestra el planetario desorden organizado por la técnica y el materialismo es pecado mortal.
Vintila Horia denunció el frío padecer de esta noche de los tiempos a la que llamamos Modernidad. A los que decimos “no” a esa tiniebla que se afianza sobre Europa —los cuales somos cada vez más— nos sucede lo mismo que a Vintila Horia: un gélido exilio del espíritu nos espera.
Perder la brújula espiritual significa perder la civilización entera; entrar en una fase terminal, como una enfermedad que va corroyendo. El historiador Christopher Dawson planteó que la religión es la base de toda cultura, desbancada esta, obtenemos algo similar al festival de horrores de la vida moderna: una sociedad de lesionados, de vagabundos y ganapanes, de nómadas, de niños eternos que contemplan auroras oscuras y se dicen a si mismos que son felices —¡el Último Hombre!
Vintila Horia supo no engañarse a si mismo: él recupera la Tradición eterna para restaurar el orden vertical en nuestro mundo a través de la gran cultura occidental; quiso trascender ese paisaje tecnificado y adulón que mediante sus sucedáneos te hace creer que eres libre y feliz cuando, en realidad, te pasas las noches apoltronado en el sofá, en soledad, deglutiendo el contenido huero y edulcorado que las diversas plataformas de entretenimiento y redes sociales te ofrecen; rodeado de videojuegos, películas y franquicias que te hagan olvidar la terrible levedad de la vida; anestesiando poco a poco tus entendederas y tu voluntad, hasta tornarte un ser vacío y empequeñecido, a merced de los designios del mercado y el estado; domesticado y estéril.
Vintila Horia, su obra, es un grito, una mano redentora para todos aquellos que quieran escapar del desierto de salitre y ácido de la modernidad. En este periodo de indigencia y lucha constante, nada mejor que tener a nuestro lado a alguien como él.






