006 – Esa carroña que llaman influencers

Influencers

Influencers: Autopsia de una enfermedad social

El economista y sociólogo Thorstein Veblen en su obra Teoría de la clase ociosa llamó ocio ostensible a la tendencia de practicar ciertas actividades o adoptar una clase determinada de comportamiento con objeto de expresar un modo de status.

Thorstein Veblen considera que el ocio es una prueba de poder pecuniario, ya que el trabajo se considera humillante para las clases altas y, abstenerse de tal carga, un requisito para la decencia; sin embargo, ocio no es “no hacer nada”, sino que se trata de una manera productiva de consumir el tiempo.

Sin embargo, las actividades que realiza esa clase ociosa, sea legítima o derivada, —derivada, secundaria, esto es una clase que, aun teniendo necesidad de trabajar, adoptarán posturas de la clase dominante a modo de consolidar una reputación, lo cual les llevará a una existencia precariedad y apariencia—, en la época en que aparece esta obra (1899) tienen que ver con la práctica de buenos modales, la adquisición de blasones y rangos, el conocimiento de lenguas muertas y de ciencias ocultas, de ortografía y música, del estar a la última moda, de juegos y deporte, etc.

Continúa Thorstein Veblen: “Alguna parte del tiempo de su vida está oculta a los ojos del público y el caballero ocioso tiene que dar —en gracia de su buen nombre— cuenta convincente de ese tiempo vivido en privado. Tiene que encontrar medios de poner de manifiesto el ocio que no ha vivido a la vista de los espectadores”.

En la actualidad esto es posible gracias al influjo de las redes sociales; más aún hay posibilidad de monetizar la exhibición de la vida privada. Todo tiempo se convierte en tiempo de rendimiento; todo imperativo es imperativo de coacción comunicativa.

Byung Chul Han hace notoria esta tendencia: todo lugar es lugar de trabajo gracias a la ubicuidad que brindan las nuevas tecnologías; a su vez, el tiempo libre es también tiempo productivo… se producen datos o estilos de vida; diríamos fama. Y hay quienes han hecho de esta voluntad su modo de vida, una actividad remunerada: los influencers.

¿Qué producen los influencers? Principalmente, uno de los bienes más valiosos de nuestro tiempo: datos; aunque también se dedican a cincelar psíques, a promocionar estilos de vida y a degustar inclinaciones.

Especulan, además, con un capital mucho más inestable: el capital de la fama; la divisa del me gusta. Byung Chul Han hecho del ocio ostensible un «trabajo»; así, todo tiempo de trabajo es tiempo de ocio, y todo tiempo de ocio tiempo de trabajo.

A su vez, se torna necesario dar cuenta de lo vivido en privado, anulando lo que es público y lo que es privado. Continúa Byung Chul Han: “La exploración de datos hace visibles modelos colectivos de comportamiento, de los que ni siquiera somos conscientes como individuos.

Así, esta clase parasitaria, la de los influencers, se dedican a la explotación del panem et circenses; a la algarabía de la ociosidad productiva y a la difusión viral de ciertas normas de conducta. Sucede que esas normas de conducta ya no tienen que ver con la adopción de modales o de hábitos saludables: será igualmente legítimo adoptar unas maneras adecuadas y elevadas como entregarse a prácticas como la exhibición morbosa y la autodestrucción registrada. El trauma, la decadencia, la polémica se vuelven monedas de cambio; el esperpento puede ser marca distintiva.

Influencers: Esta gente es capaz de influir en mayor o menor medida; de romantizar ciertas conductas que en una sociedad sana y en plena forma serían inadmisibles

No nos llevemos a engaño, esas personalidades de los influencers están diseñadas a golpe de algoritmo, difundidas en las redes sociales a modo de catálogo de sensibilidades. Se trata de inocular unos arquetipos que ya están previamente consumidos y testados por los designios del consumo.

Los influencers no tienen nada de original ni de “alternativo”: son el sujeto que la sociedad del consumo y el espectáculo espera. Cuando no infunden daño en los más jóvenes exprimiendo la sangre de sus propios anhelos y expectativas de existencia.

¿Qué prometen las redes sociales? Todo. Y la realidad, ¿qué ofrece frente a esas promesas? Nada. Así van dejando una herida psicológica infranqueable y una serie de victorias pírricas de carácter biográfico.

Thorstein Veblen
Thorstein Veblen

Observemos esa masa extraña surgida de los designios de la lógica viral; ese nuevo lumpenproletariado que, por alguna razón, se ha tornado parte “productiva” de la sociedad.

¿Quiénes la conforman? Si para Karl Marx los lumpenes originales —los de El 18 brumario de Luis Bonaparte— eran un batiburrillo de ladrones, carteristas, descuideros, tahúres, hampones, proxenetas, organilleros, pordioseros, bohemios, escritorzuelos y demás gentes de pobre condición y débiles lazos sociales.

El neolumpen lo forman ese grupito de saltimbanquis ansiosos de atención, esos susurradores de micrófonos que lanzan frases hueras, los profetas de la autoyauda y la autosuperación, los pantagrueles del mukbang, los catalizadores del histrionismo, los quejicas de la nueva moral, las prostitutas “voluntarias” y “libres” de Onlyfans, las cazadoras de miradas masculinas y de “me gustas”, los que prometen infalibles fórmulas para alcanzar el éxito y la felicidad, los adictos a la dopamina edulcorada y en línea, los que hacen del menor esfuerzo posible la posibilidad de mayor goce, de los que convencen de la inutilidad de pagar impuestos y de los que convencen de la necesidad de vivir a costa de los impuestos de los demás… Viven por y para el presente; para la mera satisfacción personal como fin existencial último. 

Lo que tienen en común el viejo lumpen y el nuevo es que dependen de la clase dominante para seguir existiendo. ¡Qué sería de estos pobres diablos sin la socialdemocracia realmente existente! Probablemente serían carne de ley de vagos y maleantes. 

Sucede que —me reitero— esta gente es capaz de influir en mayor o menor medida; de romantizar ciertas conductas que en una sociedad sana y en plena forma serían inadmisibles.

Así, ciertas prácticas se tornarán ejemplo, se blanquearán por muy degeneradas que puedan resultar a simple vista; cuando no serán reivindicación y actitud “empoderante”. De este modo se va mermando la voluntad de la juventud en nombre de una libertad individual y un disfrute efímero e instantáneo, en contraposición con la construcción de una comunidad basada en los lazos fuertes, en la lealtad, en la fe, en la fortaleza, en el honor, en la valentía, en la autoridad y en el espíritu combativo.

Lo único por lo que esta gente podría combatir sería por su “libertad”: la libertad de que no les arrebaten esa tan preciada porción de “panem et circenses” que tan someramente obtienen; así, la censura, el pudor, el autodominio, son formas arcaicas de coerción.

Oswald Spengler, a esta forma de ver la sociedad desde lo bajo, esta actitud insidiosa y laxa, lo llamó egoísmo parasitario: “Para este egoísmo, la superioridad personal, el esfuerzo, el éxito, la alegría por la producción, son algo malo y constituyen un pecado y una forma de traición.”

Pasar a la juventud por el filtro de estas necedades significa hacer una masa amorfa de eternos esclavos. Que la única voluntad pase por la exhibición desvergonzada, por la fácil deglución de placer exangüe, por la vagancia, la ostentación ociosa y el consumo, la superchería emprendedora, la carencia de sentido del ridículo, es hacer de todos ellos una muchedumbre precaria y desarmada, inclinada al pastoreo de los dirigentes.

El único bien del que gozarán será el del ocio ostensible, pero no tendrán nada, estarán todo el día hipnotizados por una constelación de no-cosas, se les venderán un crisol de experiencias que, o bien nunca podrán alcanzar, o bien obtendrán una simulación de tal o cual experiencia. 

Bienvenidos a Un mundo feliz y al triunfo del neolumpenproletariado en línea; precario en su condición material, aún más pobre de recursos espirituales y existenciales; deseoso de todo y poseedor de nada. Diluido en la liquidez de todo lazo social, aislado, comunicándolo todo; eficiente en cuanto a molicie y exhibición se refiere; delimitado en una lógica que dicta que cuanto más comunicación más capital… aunque de él solo obtengan algunas migajas caritativas. 

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