Recordando Closer como cierre a la obra de Joy Division
De las más efímeras discografías del rock, la de Joy Division, es de las mejor acabadas; tanto es así que su punto y final se titula Closer.
Hoy se cumplen cuarenta y cinco años del que fue el testamento de Ian Curtis; su carta de suicidio. Su sonido funerario nos pone en contacto con esa última desesperación de quien agotó toda su vida en su juventud. (Quizás románticamente, porque el suicidio o la muerte prematura son modos —desde el Romanticismo— de eternizar la juventud). Y aún se ve más enturbiada la atmósfera de su música por ese paisaje urbano que empezaba a ser post-industrial de Manchester: un pandemónium de fábricas, bloques de pisos, asfalto, y muchedumbres grises —muchos de ellos hombres desencantados, los cuales fueron sus fans; ese Culto Sin Nombre.
Joy Division tomó una vía antiglamurosa y depresiva de expresarse: pasaron de un punk más o menos estándar —sin pena ni gloria; el conato de Warsaw— a unas cadencias oscuras que les hacían pasar fácilmente por una especie de psicopompos; y cuya máxima expresión fue Closer. El critico musical Simon Reynolds plantea que “La originalidad de Joy Division se fue haciendo cada vez más evidente, de hecho, a medida que las canciones se fueron volviendo más lentas”.
Deborah Curtis explica en Touching from a distance: “Ian (Curtis) parecía estar en trance todo el tiempo que estuvo escribiendo y grabando las letras para Closer. Nervioso e intenso, se encontraba en otro mundo. Me pregunto si necesitaría la rivalidad y la pasión del conflicto en su vida para escribir lo que escribió”. Increíblemente lúgubre, Ian Curtis marcó musicalmente su paso mundano hacia el más allá.
Una posesión hipnótica que marcó los ceremoniales de una época cada vez más desilusionada y malherida; fue, sin lugar a dudas, una respuesta al devenir ultratecnificado, a la falta de expectativas, a la tristeza sin objeto definido; como jóvenes atrapados en una kafkiana colonia penitenciaria de carencia de afecciones, de destino, de conectividad sin verdadera conexión, de deseos que se funden en la desazón y en el trauma: “Portrayal of the trauma and degeneration/ The sorrows we suffered and never were free”.
¿No es Ian Curtis un antecedente arquetípico: un joven que cumple con el mandado de trabajar en la administración pública, que tiene esposa y una hija prematuramente junto a grandes ambiciones que, a pesar de cumplirse, solo dejan un indecible vacío? Quizás esto es una de las causas por las que Joy Division no gusta a algunas personas: la abolición de la belleza de la tristeza y, en su lugar, la cruda realidad de la depresión. Claro que Ian Curtis tuvo que representar el papel del mártir rodeado de imágenes de novelas de Ballard y Burroughs, de circos de idiotas, de asaltos urbanos y aislamiento.
En Closer, a diferencia de Unknown Pleasures, la atmósfera toma cariz de epitafio. Las texturas se tornan letárgicas, etéreas —incluso en temas tan afilados como Atrocity Exhibition, Colony o A Means to an End—; se desvanecen como una procesión… paso tras paso. Ian Curtis había construido una arquitectura sonora alrededor de su depresión; confinado y entregado a ella como motor de creación artística.
El crítico musical Simon Reynolds dice al respecto: “Escuchar Closer es como estar dentro de la cabeza de (Ian) Curtis, sintiendo el terrible arrastre arremolinado de la depresión terminal”. La cara A de Closer es rabia y culpa; la cara B serenidad acompañada de desesperación. Ian Curtis, como perteneciendo a una Santa Compaña, contemplaba su cortejo fúnebre transformado en su propia música.
Ian Curtis pone de manifiesto su fracaso y sus deseos muertos; las consecuencias de su matrimonio y la culpa que arrastraba: “the sound of broken homes” (“Colony”); “I’m ashamed of the things I’ve been put through/ I’m ashamed of the person I am”. Algo que ya había explorado en “Insight”: “Guess your dreams always end/ They don’t rise up, just descend/ I don’t care anymore/ I’ve lost the will to want more/ I’m not afraid, not at all”.
A propósito de tal pérdida de la Voluntad, nos dice Mark Fisher: “Joy Division fue el más schopenhauriano de los grupos de rock, tanto es así que prácticamente nunca pertenecieron al rock. […] O quizás, como ellos mismos pensaron, fueron la verdad del rock, el rock despojado de toda ilusión”.
Es así como la música de Joy Division —ese testamento que supone Closer— se tornan expresión absoluta de la falta de voluntad y expectativas a las cuales la juventud futura se expondría. Por eso Joy Division es tan actual. Porque capta esa atmósfera mejor de lo que ninguna otra expresión podría captar.
Para Schopenhauer la música se agota en las palabras; expresa lo inexpresable; la Voluntad directa y sin imitación. Nos pone en contacto con la cancelación del futuro, con la tecnificación, con el mundo en desbandada y con la precarización de la existencia. Juventud, divino tesoro… arrebatado de toda ilusión; entregado a un estadio de anestesia general frente a la vida.
Solo la música parece gritar y acercarnos a eso que Emil Ciron decía: “El éxtasis musical implica una vuelta a la identidad, a lo originario, a las raíces primarias de la existencia. En él sólo queda el ritmo puro de la existencia, la corriente inmanente y orgánica de la vida. Oigo la vida. De ahí arrancan todas las revelaciones”.

Del desencanto del punk al esteticismo negador del postpunk. Porque si el punk fue un rechazo hacia la sociedad, el postpunk fue un rechazo frente a la realidad: una revelación. Oigamos la vida devastada en un solo arrebato musical. Closer.
En marzo de 1980, después de la grabación del álbum, Ian Curtis intentaría suicidarse ingiriendo barbitúricos; y su epilepsia no dejaba de empeorar, lo cual le dejaba al margen de los escenarios, con la única ruina que suponía su hogar. Solo le quedaba la tranquilidad de una vida tranquila y estable, pero ahí estaba él: el líder de una banda de rock a punto de despegar, y un médico recomendándole que nada de emociones fuertes.
El quiebre final llegó el 18 de marzo de 1980. Después de intentar que su esposa —Deborah Curtis— abandonase los trámites del divorcio, Ian Curtis se pasó la noche en vela —mientras veía películas de Werner Herzog y escuchaba The Idiot, de Iggy Pop— hasta que llegó esa terrible luz que anuncia un nuevo amanecer… A los veintitrés años, Ian Curtis, daba fin a su vida, a la vez que se convertía en una leyenda. Su suicidio sellaba un verdadero compromiso con su música y con su poesía. “Como siempre lo había querido, (Ian) Curtis se unió al panteón de aquellos que vivieron demasiado intensamente y sintieron demasiado profundamente como para poder existir por mucho tiempo en este mundo de medias tintas y conformismos”.
Closer fue el vaticinio. Tan solo la portada: una fotografía tomada en un cementerio de Génova en la que se puede ver a Cristo rodeado de una compaña. Polvo eres y en polvo te convertirás. Lo que eres fui, lo que soy serás. Parece el reflejo de unas confianzas traicionadas, de un no ver más y, patológicamente, destruirse en nihilismo. Luego de su muerte, “Love Will Tear as Apart” se convirtió beatíficamente en la verdadera nota de suicidio de Ian Curtis; el primer single de Joy Division en alcanzar las listas de éxito en la pérfida Albión. Sin embargo, el armazón de las causas del suicidio de Ian Curtis estaban contenidas en Closer.
Quienes pensaron que las tentativas, música y letras de Joy Division se trataban de una simple pose que adoptaba la banda —cosa que incluso creía Deborah Curtis (en parte)—, se dieron de bruces con la cruda realidad con el suicidio de Ian Curtis. Los antiguos integrantes de Joy Division pasaron un tiempo sopesando que trayectoria debería tomar la formación. New Order fue una banda nacida a través de una especie de síndrome de estrés postraumático.
La grabación de temas como “Ceremony” y “In a Lonely Place” nos evocan a un Ian Curtis recién entregado al túmulo; dice en esta última canción sentir un irrefrenable deseo de acariciar el mármol y la piedra (“Caressing the marble and stone”). La nueva —aunque vieja en parte— formación tuvo que cambiar de rumbo, entregándose paulatinamente a la tecnificación de la música, del techno, que ya empezaba a azotar y a desbancar el régimen musical antiguo. De aquel punk, sobrio; de aquel postpunk lacerante, vaporoso y gris; a la languidez lúdica y reconfortante del disco (al dance electrónico de Nueva York).
El postpunk, Ian Curtis, su legado, quedaban al margen, entregándose la banda a una francachela de sintetizadores melifluos y de voces temperadas —dejando de lado lo viejo y lo milenarista; como la voz de Ian Curtis, sino voces tranquilizadoras—. Se convirtieron en algo nuevo y atractivo para la industria musical.
De Joy Division queda su legado. Queda Closer como testimonio. Y ahora cumple cuarenta y cinco años. Con él podemos recordar todo lo que aconteció alrededor del hito que fue Joy Division y el artista atormentado que fue Ian Curtis: un álbum que recoge en síntesis una de las obras más originales del rock; su letra, su música, siempre serán signos de un monumento imborrable.






