003 – Azorín nos cuenta sus bagatelas

Azorín

José Martínez Ruíz, «Azorín»

Pasemos, adentrémonos en esas líneas simples pero armoniosas. Abramos sus libros; dejemos el tiempo suspendido. Calmemos los nervios azuzados de estrés. Acerquémonos a ese hombre que si bien se llamaba José Martínez Ruíz, nació del todo cuando se proclamó Azorín.

¿Cómo sería si estuviese ahora con nosotros? ¿Qué nos diría? Sin duda, le veríamos en las bibliotecas, en las cafeterías: es ese hombre maduro, moderado y sentencioso, que sin ser vehemente ni erudito del todo —aunque Azorín poseía su propia destreza intelectual—, tampoco peca de pomposo y prefiere ser templado y humilde. 

Azorín tuvo una maravillosa virtud que poseen unos pocos escritores: hallar la eternidad en lo instantáneo y contingente. Con un estilo sencillo y cercano —pero no por ello carente de profundidad y lirismo—, consigue encerrar en sus páginas todo un mosaico de momentos que de otra manera se hubiesen perdido para siempre, amortajados por el tiempo.

¿De qué nos habla Azorín? Sería más sencillo responder de que no habla. En sus artículos y ensayos —esa aurora magnífica— es capaz de desplegar un abanico de lo más variado: nos habla —porque parece que al escribir nos habla— de las calles, de los caminos, de los campos, de las hormigas, del Siglo de Oro, de la tradición, de lo castizo, de los árboles, del agua, de los pueblos, de los ateneos, de los trenes, de Castilla, del arte nacional, de los cuentos, del Quijote, de Leopardi, de los toros, de las sequías, de los parlamentos, de los jardines, de los viajes, del tiempo, de las cosas…

Azorín no fue un escritor que se acercaba a las costumbres desapasionadamente, como objetos inertes listos para analizar

Azorín no es ningún experto, no pretende caer en la trampa de la especialización —manía tan moderna—, él se limita a sus impresiones, nos las muestra con audacia, en su esencia, revelando lo que hay de profundo en lo sencillo. Sus ensayos tienen algo de cuento, y sus cuentos algo de ensayo. Tranquilizan. No son para nada extremados; se contentan en ser amenos. 

Azorín solo busca mostrarnos aquello que es común, familiar, vulgar; es un autor contemplativo; nos dice a propósito Ortega y Gasset: “Aparta de sí lo magnífico, lo trágico, lo genial, lo heroico, y busca en todas partes lo trivial y baladí, lo vulgar. ¿Qué es lo vulgar más que lo que se repite constantemente en todo lugar, en todo tiempo? ¿Qué es lo vulgar más que la costumbre; qué es la costumbre más que la repetición; qué es la repetición más que el pasado perdurando, insistiendo? ¿Qué es todo ello sino la forma inerte de la vida?”

Por eso la España de Azorín nos es tan familiar como la de ahora. Parece que no cambia; se repite. Es tradición, arraigo, galantería, sencillez, cobijo y costumbre. 

José Ortega y Gasset
José Ortega y Gasset

Medito mientras gorjean los pájaros sobre las ramas. Abro uno de sus pequeños libros, uno que tengo acodado encima de mi escritorio —un librito de cubierta azul trenzada de cenefas y letras doradas—. Paso las páginas: aparece Azorín como si pudiese verle, como estuviese en un bar, sentado ante una mesa, delante de un café, y, sin apenas levantar la vista del periódico o de unas cuartillas, me dijese: “Buenos días”. Y yo le contestase: “Buenos días”.

Es espontáneo y predecible como un amigo de toda la vida. Me cuenta un poco su jornada, repasamos la actualidad, me explica que es lo último que ha leído y, cuando ha apurado su café y ha pagado la cuenta, se despide del lugar con afabilidad. 

Continúa otro hombre meditabundo como lo fue Ortega y Gasset: “La acción heroica es, en todo caso, una aspiración a innovar la vida, a enriquecerla con una nueva manera de obrar. Heroísmo es rompimiento con la tradición, con lo habitual, con la costumbre. El héroe no tiene costumbres; su vida entera es una invención incesante…”

Pero Azorín es inactivo. Pretende serlo. Nos anima a mirar a nuestro alrededor y asombrarnos de lo que nos pasa desapercibido. Y en un mundo tan vital —en el sentido de innovación perpetua— es mejor detenerse un momento y comprender que existe lo permanente. A veces a través de la lectura queremos desviarnos de la aventura para adentrarnos en la costumbre, en lo que no cambia, en las cosas que no sirven para nada, aunque tampoco podamos prescindir de ellas —hacerlo sería mermar la vida; despojarla—. Medramos en ellas… 

Azorín no fue un escritor que se acercaba a las costumbres desapasionadamente, como objetos inertes listos para analizar. Él era capaz de elevar toda cosa, mostrarla en su profundidad por banal que fuera. Las recrea en su pureza inocente.

Al margen de todos los grandes acontecimientos, de los arrebatos históricos, es donde Azorín se siente más cómodo. Quiere fijar las cosas antes de que el tiempo obre su desastre. No es objetivista, ni grandilocuente, ni tremendista, sino esencialista: busca el fondo —la esencia— de todo aquello a lo que no damos importancia; extrañamente, dará valor al periodismo, a una forma de periodismo a la que estamos poco acostumbrados en estos días: sus artículos poseen algo de lírico, de narrativo, de disertación… ni mucho menos amarillista ni truculento, sino temperado, amortizando lo de cada día página tras página. 

Así fue Azorín; así transcurrió su trayectoria literaria. Así lo presentamos y lo retratamos en unos pocos trazos de prosa. Buen resumen para quien quiera acercarse a Azorín, explicado de esta manera, de pasada, como él lo haría, como una bagatela. 

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