El fenómeno de la Alt Lit y sus cenizas
Podría comenzar con una serie de aclaraciones sobre declamar la realidad a través de la literatura, es decir, revolver una vez más la bestia negra del “realismo” literario; podría embrollar más el asunto añadiéndole adjetivos al término (realismo sucio o realismo mágico o realismo minimalista); podría hablar del predominio de la metonimia y la sinécdoque en detrimento de la metáfora; del sistema semiótico que reproduce, referencialmente, la realidad; y también, porque no, volver a tratar el puñetero barómetro de Roland Barthes. Por supuesto no voy a hacer nada de eso… lo reservo para disertaciones futuras, más académicamente adecuadas.
Divaguemos de la Alt Lit sin remilgos.
Hablar de Alt Lit es hablar de realismo, de nueva sinceridad, de prosaica cotidianidad, de melopea costumbrista. Es invocar los demonios de los millennials, es redundar en tendencias hipsters, es poesía y prosa de fideos instantáneos y Happy Meals, de malestar generacional y psicofármacos, es, a fin de cuentas, lo que sigue aconteciendo entre gentes que hoy cuentan, más o menos, entre treinta y cuarenta y tantos años. Y es algo, de hecho, que se diluyó enseguida a pesar de un cierto revuelo; y es, por encima de todo, una tendencia profundamente yanqui (con apenas conatos fuera de su país de origen).
La Alt Lit, como fundamento, empieza a formarse alrededor del año 2004, con el trauma de las Torres Gemelas aún resonando. Se trata de un contingente de escritores nacidos al calor de los primeros vaivenes de internet, probablemente fue la primera generación literaria de nativos digitales. De ahí que parte de la producción de la Alt Lit se diese en los rincones de la red y se difundiese en la misma a través de blogs y sitios webs particulares, donde se daban a conocer y, además, creaban una especie de comunidad.
Esta generación se pretendía distinguir de los escritores consolidados y profesionales, algunos de los cuales ya habían saltado a la fama o eran profesores de universidad u ocupaban puestos de relevancia en alguna institución. Sobre todo querían distanciarse de la paranoia neurótica de la prosa de David Foster Wallace, entre otros.
Bien, estas eran sus intenciones. Aunque viendo el resultado, la Alt Lit, fue un brindis al sol; un grito en el desierto. Tuvo su aquel en cierto momento, pero no he visto que den mucho de lo que hablar —salvo excepciones— más allá de blogs escritos por algunos curiosos… como yo. Solo fueron un suspiro americano dentro del vasto mundo de la literatura contemporánea; con algún soplido sobresaliente.
Desde el vamos, estos escritores querían recrear una nueva sinceridad, una poesía y una prosa con tintes espontáneos, directos y minimalistas; un intento de renovar aquel realismo “sucio” que encontrábamos en Charles Bukowski, Raymond Carver y John Cheever, solo que del alcoholismo, los suburbios y los trabajos de baja cualificación, pasamos al consumo masivo de drogas de todo tipo, a los barrios residenciales donde viven pequeñoburgueses rodeados de gimnasios 24 horas y supermercados especializados en productos veganos, a los cursos de posgrado y a los talleres de escritura creativa.
Pasaron de la contracultura de los años sesenta, con sus revistas independientes y sus hippies y todo lo que sucedió en el mundo de la música y la sociedad, al cansancio, al spleen, al agotamiento del imperio; falta de expectativas, precariedad, lazos sociales difusos, aburrimiento, soledad, anomia, letargo.
Lo que pretendían los integrantes de la Alt Lit era buscar conexiones entre la experiencia vital y la literatura mediante un flujo de autoficción donde los escritores pudiesen verterse a sí mismos entre sus textos. Por eso dejaban de lado una reflexión maniática de lo que internet era y como estaba afectando a sus vidas para representarlo como una parte integrante más de la realidad circundante. Los anhelos y sueños de una generación entera; los entresijos de los que vivieron el decaimiento de un imperio que parecía que iba a más y mejor, que había declarado el cierre de la Historia, para encontrarse con vidas carentes de sentido, precariedad, vacío…
Poniendo un ejemplo paradigmático, la novela “Taipéi”, de Tao Lin, muestra este revoloteo de consumo de drogas y actividades absurdas que no culminan jamás en nada, resultando en una lectura soporífera que deja el efecto de no haber leído nada. Y quizás por eso tuvo tanto éxito, porque represento con mano diestra la realidad de la juventud agotada de realismo capitalista, de la cantinela del “no hay alternativa”; la condición neoliberal: se trata de una narración fragmentaria donde priman las relaciones fragmentarias, la demolición de las costumbres familiares, el aburrimiento henchido de sustancias, películas de Marvel y bestsellers, el ser joven demasiado viejo, la muerte de los vínculos comunitarios, la mcdonalización del mundo, la postergación del vivir y de llevar a cabo acciones sólidas.

La Alt Lit pone de manifiesto esta alienación tardía en la que nos hayamos. Si tuviésemos que hacer una lectura sociológica, quizás sería justo decir que es la literatura del precariado en marcha, tal y como Guy Standing la definió: una clase emergente caracterizada por unas relaciones de producción distintas a las del proletariado tradicional, distanciamiento psicológico con el mundo laboral, menor movilidad social, falta de control sobre el tiempo, falta de identidad ocupacional, sobrecualificación, incertidumbre. Todos estos rasgos terminan por desembocar en ansiedad, desesperación y frustración; por supuesto, la globalización ha generado traumas y confusiones en las lindes del precariado.
Si tratar el realismo, como especula en parte Antoine Compagnon, lleva implícito una crítica al capitalismo y a la ideología burguesa, sería curioso preguntarse que hubiesen pensado Máximo Gorki y Georg Lukács de esta literatura de Starbucks, pizzas con pepperoni, Facebook, memes, selfies, bebidas energéticas, deambular por internet, benzodiacepinas y marihuana; quizás no se hubiesen distanciado mucho de lo que considero yo aquí (y no hay en mi acritud despertar fulgores marxistas, pero al César lo que es del César).
Y sin embargo, el realismo socialista que emanó como respuesta, solo volvió del revés el realismo burgués para tornarlo una adaptación programática de ese mismo realismo burgués. Claro que este realismo solo tenía sentido en la Unión Soviética y en sus satélites; me parece. Hoy por hoy, es una manifestación oficialista, monolítica, artificiosa y machacona ya desaparecida. (A menos que en China sigan estas mismas líneas literarias; eso no lo sé). No hay alternativa a esta literatura de realismo neoliberal; solo queda un reflejo exacerbado y desnudo.
Me parece legítimo argumentar que, sin embargo, a pesar de sus confabulaciones yanquis ha sabido captar el desencanto con el mundo y con el futuro; la falta de cimientos existenciales, la anhedonia, la alienación. La fragmentación aisladora que hace de los individuos partículas dispersas incapaces de insertarse en una totalidad social; menos aún de peregrinar hacia un Absoluto que vertebre sus vidas invertebradas. (Acordémonos si no de aquella pandemia que nos robó un poco de nosotros mismos, del confinamiento, de las clases telemáticas, de las mascarillas, de la distancia social; culmen de todo lo narrado y acontecido; pernicioso hormigueo del malestar generacional ya existente).
Un nuevo realismo —no tan clínico y objetivo, en su lugar, sobrio y subjetivo—, una nueva intimidad —en un tiempo en el que la intimidad se muestra sin pudor a través de las pantallas—. Puede que la Alt Lit, como alternativa, haya actuado como tantas otras trampas literarias. El realismo sucio, por ejemplo, padre o abuelo cochambroso, achacoso, borrachuzo, resignado, trágico, mundanal, adocenado, también fue una literatura de outsiders, por lo menos hasta que cae en las fauces del mainstream o del academicismo.
La Alt Lit es ese mismo realismo exánime, punzante y sin rodeos queriendo hacerse pasar por juvenil, pero resulta ser un realismo teñido de crisis de los cuarenta. Con videojuegos, días de Acción de Gracias, cigarrillos mentolados, haikus, cupcakes y sueños rotos. Proletariado frente a precariado. Querella de los antiguos y los modernos. Arraigados y desarraigados. Normativos y alternativos. Dicotomías.






