Angine de Poitrine
El nuevo fenómeno musical se hace llamar Angine de Poitrine (Angina de Pecho) y es poco usual que, en una actualidad tan acostumbrada al primitivismo lúbrico, onomatopéyico y cuaternario del reggaeton, a la performatividad lumpen-burguesa del trap y a las últimas consecuencias capitalistas-aceleracionistas del k-pop, algo semejante cause revuelo (no nos engañemos).
Pero, ¿por qué? ¿Qué ha sucedido? ¿Por qué prestarle ahora atención a un dúo cuyo repertorio está conformado por temas instrumentales delirantemente densos (conformados por loops hipnóticos y futuristas), con títulos de canciones que no significan nada (y que no dicen nada), que echan mano de compases y estructuras abigarradas, de un voluptuoso arsenal de pedales para bajo y guitarra y que, para retorcer más las cosas, emplean la microtonalidad (algo inusual en la música occidental)? Pues bien, la respuesta es clara: hacen gala de una estética rara y ese ha sido su principal reclamo en la red; así es: Angine de Poitrine han hecho que su música sea accesible y viral gracias a su condición rara. Es difícil toparse con una imagen de ellos en internet y no caer tentado a descubrir más de ellos (justamente, así es como los descubrí yo mismo).
Te seducen por su vestimenta y puesta en escena; te ganan por su música.
Angine de Poitrine son una patada a todos los principios que rigen hoy el gusto mainstream y los mandamientos de la atiborrada industria musical. Hoy desafían tanto como el dadaísmo, que el punk, que el postpunk, que la caja metálica de Public Image Ltd.
Pero, ¿exactamente quiénes son Angine de Poitrine? Un experimento, una broma tan bien llevada que se fue de las manos y se convirtió en un referente. Formada por dos hermanos alienígenas, Khn (guitarra, bajo, teclados, looping y voz) y Klek (batería y voz) de Poitrine, residentes en Quebec, ambos llegaron a la Tierra con el propósito de llevar el rock a sus límites. El rock comienza a dialogar con una musicalidad retro-futurista de rock progresivo, acid house, math rock, algo de jazz fusión y post-rock (no nos engañemos; sí, Angine de Poitrine son raros. Hay seguidores que, en mensajes de YouTube y otras plataformas, han vaticinado la llegada del futuro, pero observemos bien: los trajes de lunares blancos y negros, las máscaras de papel maché con narices grandes, la simbología, es bastante cutre. Carecen del rastro de la tecnología actual, prescinden de efectos especiales o de trucos diseñados por programas informáticos. Recuerdan a una película de ciencia ficción de bajo presupuesto de los años cincuenta o sesenta. Entonces, el futuro se encuentra cancelado, y sin embargo, ni una IA podría haber imaginado algo igual. Es un futuro acartonado, ridículo, electrizante, vibrante, rompedor).

Quizás sea una broma llevada demasiado lejos, ¿pero qué importa? Angine de Poitrine ha ganado su público particular y ha logrado nutrir las playlists de algunas personas con sonidos hasta entonces para ellos desconocidos.
Mejor darles la bienvenida en un presente de consumo, narcisismo y arrogancia, donde la música ha servido de vehículo libidinal a tales intereses. Angine de Poitrine —la vanguardia caricaturesca que representa Angine de Poitrine— merece un puesto entre la espesura variedad de géneros y figuras más o menos visibles (claro que no llenarán un estadio con millares de personas como Rosalía, Bad Bunny o Taylor Swift, o se escucharán en las discotecas más sonoramente deplorables de Barcelona y, por el contrario, tendrán que conformarse con aparecer en carteles de festivales de música “alternativa” donde todo se entremezcla en un cocktail tóxico y arriesgado, donde cada nombre, en un ejercicio jerárquico, aparece de mayor a menor tamaño según su importancia).
Que los integrantes de la banda hayan querido mantener el anonimato (aunque considero que lo que se encuentra debajo de las máscaras son las verdaderas máscaras), ya es una declaración de intenciones. Lo que hoy importa es hacerse ver, ser obsceno, digerible aunque vulgar (incluso la vulgaridad ha permeado todos los aspectos de la existencia), ganar notoriedad como sea. Angine de Poitrine consigue algo que parecía impensable: que la música hable, que lo que aparecía como ridículo se tome en serio, que olvidemos la imagen y que, sin importar la atmósfera de lunares, guitarra y bajo siameses y pedales, nos adentremos en el sonido.
Quizás sea una broma llevada demasiado lejos, ¿pero qué importa? Angine de Poitrine ha ganado su público particular y ha logrado nutrir las playlists de algunas personas con sonidos hasta entonces para ellos desconocidos. Siempre podemos volver a lo conocido, a los videoclips cargados de nalgas en movimiento, a las luces malva, a la romantización de la delincuencia, a las gorras hacia atrás, al exhibicionismo y al rufianismo; es mejor así (como un avestruz desbocado en un interminable centro comercial plagado de espejismos donde ya no se compran y se venden bienes, sino experiencias a veces decadentes). Pero, ¿por qué quedarse en ese vacío? Existen para los oyentes intrépidos placeres aún por conocer, al margen de modas y estándares. ¿Qué más da que se trate de una broma o de dos alienígenas?





