Roberto Bolaño, Morrison, Joyce
Como sea, aterricé en Chile, o en un chileno afincado en Barcelona, exiliado de la dictadura de Pinochet… Fue en aquella Barcelona de finales de la década de los setenta donde, de hecho, Roberto Bolaño granjeó su fama.
Bueno, hace ya años —quizás aún estaba en bachillerato; canciones de la Velvet Underground y poemas de Baudelaire— empecé con las lecturas de algunos cuentos de Roberto Bolaño; hoy lecturas difusas y dispersas que he ido rememorando con relecturas igualmente inconexas.
Quizás indeciso, me cuesta abordar a un autor por el que no sé por donde empezar. A veces, prefiero empezar por sus obras menos reconocidas y extrañas antes de adentrarme en sus obras maestras… y en el caso de Roberto Bolaño, no he hecho una excepción, atreviéndome con una de cal y otra de arena: la de cal: “Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce (seguido por un diario de bar)”; la de arena: “Una novelita lumpen”.
Bueno, y os preguntaréis: ¿por qué de repente Chile? ¿Roberto Bolaño? Y yo podría preguntaros: ¿y por qué los coches aparcados a ambos lados de la calle, por qué los bloques de pisos feos y harapientos y las plazas y el verano que hoy por hoy despunta, y por qué la mierda de los perros y el humo de los porros y por qué unos ojos azul pálido —casi de plata— que apenas ahora recuerdo y un corazón bajo los pechos y los jerséis restañados de rayos de sol tempranamente y un nombre y un apellido y los talleres de creación literaria y las tardes bañadas de cerveza y las flores y las calzadas y las terrazas de los bares y la primavera erótica? A ver, ¿por qué? ¡Ah! ¿Tampoco tenéis respuesta? Pues entonces…
Empecé con “Una novelita lumpen”. Un fiasco, bajo mi criterio que no es poco criterio. Muy poco Roberto Bolaño; más bien, una narración soporífera con aspecto de desgarrar, solo que nunca llega al prometido desgarro. Al menos, como indica su título, es breve.
Dieciséis capítulos de puro suspenso narrados desde la perspectiva de Bianca, la protagonista. Entiendo la broma de fondo que encarna la novela, sin embargo, insuficiente para mantener a flote obra tan insustancial. Bianca —digo— se ve envuelta en una trama delictiva que nunca llega a ser delictiva, con personajes raros, con sexualidad trastornada, con prostitución y escritura cerda… como reza el epígrafe tomado de Antonin Artaud que encabeza el libro: “Toda escritura es una cochinada. Las gentes que huyen de la vaguedad para buscar la precisión de lo que pasa en su pensamiento, son unos cerdos. Toda la gente literaria es cerda, en especial la de este tiempo”.
No le he sabido sacar el jugo, si es que acaso lo tenía o solo se trataba de un chiste camuflado de novela o novelita. Sucede que cuando un autor se consagra tanto como Roberto Bolaño…
“Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce” (amén por el título), a pesar de la novel juventud con la que fue escrita, ya es harina de otro costal. Puedo decir, sin temor a equivocarme, que es una obra aunténticamente Roberto Bolaño; ese último coletazo de boom latinoamericano más juvenil y gamberro.
Primera obra de Roberto Bolaño, escrita a cuatro manos junto al escritor A. G. Porta, se trata de una novela —también breve— con un regusto a thriller policíaco y criminal. Dividida en veinticuatro estimulantes episodios más un apéndice de retazos desarrollados en París. Se nos narra las peripecias del catalán Ángel Ros (alter ego del propio Roberto Bolaño) y de su… ¿novia?, la chilena Ana Ríos Ricardi (qué tendrán las chilenas que…), ambos envueltos en una serie de altercados violentos que incluyen atracos y asesinatos arbitrarios o semi-arbitrarios en una ciudad como es Barcelona y alrededores (también San Boi de Llobregat se menciona, igual que se menciona su sanatorio mental en el relato “Días de 1978”, incluido en el libro “Putas Asesinas”). (Barcelona y alrededores, ambientes ya de por sí caóticos y violentos, hoy más que entonces).
Ángel Ros, un poco a rebufo de Ana Ríos, dará de bruces con el crimen descarnado y los delirios de la vida criminal. Entretanto, escritor en ciernes, con algo de poeta, irá reflexionando sobre su propia obra a medias: una novela aún en estadio de embrión protagonizada por un tal Dédalus, un delincuente también escritor amateur siempre a medias y fanático de Joyce. Dédalus no solo encarna lo que Ángel Ros es y experimenta, sino que es trasunto de lo que luego sería el propio Roberto Bolaño.

A pesar de ser una obra escrita a cuatro manos, a penas se detectan vaivenes en el tono o en la trama, indistinguibles las partes de Roberto Bolaño y las de A. G. Porta, imposible saber quién es el discípulo de Morrison y quien el fanático de Joyce.
Observemos los contrastes: por un lado Jim Morrison, por otro, James Joyce. El primero: la psicodelia, el gamberrismo, la vida al límite (todo el entramado de delincuencia y actos impulsivos); el segundo: la erudición y la quietud reflexiva (todos aquellos episodios que se centran en las actitudes artísticas del protagonista). Es decir, si conocemos un poco la vida y obra de Roberto Bolaño… reconocemos a Roberto Bolaño, a pesar de la colaboración de las otras dos manos.
Ambas partes malditas que casan de alguna forma en una especie de divertimento o collage extraño, punk, exagerado entre lo académico/diletante y lo pop/visceral. Efectivamente, bien podría pasar por un ejercicio de taller de creación literaria demasiado bien ejecutado.
(Huelga decir que inicialmente la novela se iba a titular “Flores para Morrison”, flores que carga Ángel Ros en el anexo, durante su fragmentaria estancia en París, como una coral de microrrelatos o poemas en prosa, pero que luego, inspirándose en un poema de Mario Santiago Papasquiaro titulado “Consejos de un discípulo de Marx a un fanático de Heidegger”, se optó por el título por el que hoy se conoce).
A pesar de ser una obra escrita a cuatro manos, a penas se detectan vaivenes en el tono o en la trama, indistinguibles las partes de Roberto Bolaño y las de A. G. Porta, imposible saber quién es el discípulo de Morrison y quien el fanático de Joyce.
Lo cual también nos lleva a reflexionar sobre la creación literaria a través de dos mentes. Puede que fuese eso: una novela escrita al unísono entre dos, limando y cuidando lo necesario; otra opción es que fuese una especie de cadáver exquisito; de hecho, en “Consejos”, hay un capítulo donde Ángel Ros, en una noche de parranda por Barcelona, recrea el ejercicio del cadáver exquisito junto a otros “poetas”, cuando él, junto a Ana Ríos, ya había dejado por ahí un reguero de cadáveres auténticos y no tan exquisitos.
Aunque, según el testimonio que dejó Roberto Bolaño en su correspondencia, fue A. G. Porta quien escribió el borrador y Roberto Bolaño quien lo pulió. En fin, el resto es historia…
De “Diario de bar”, el cuento que sigue a “Consejos”, pues… otro extracto de laboratorio de letras. Quizás más osado incluso. Y según el propio A. G. Porta, más anárquico en su génesis. “Diario de bar” sí parece más un cadáver exquisito, con algún que otro cadáver entre sus páginas.
Parece ser que la intención es que este relato formase parte de una recopilación de cuentos de la cual solo sobrevivió “Diario de bar”. Fue, junto a “Consejos”, un pequeño resquicio de esperanza entre novelas inacabadas y proyectos que quedan en el tintero; un recuerdo de primeros escarceos con la escritura.
Luego, aunque Roberto Bolaño quiso seguir colaborando con A. G. Porta escribiendo una novela sobre la División Azul, finalmente continuó con el proyecto por cuenta propia. Y es ahí donde terminó la colaboración entre ambos escritores en ciernes. Uno más conocido que el otro.
Bien por Roberto Bolaño y por el otro. Buena declaración de intenciones “Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce”. Adrenalina para escritores noveles y sin prejuicios ni escrúpulos. Un tonto consuelo para quienes quieran adentrarse en las agonías e inseguridades de querer ser escritor, y que a la vez piensan que ya van tarde porque no les queda mucho para entrar en la treintena.
Tenía que ser así. Aterricé en Chile… como aterricé en unos ojos de plata.






