Ben Lerner saliendo de la Estación de Atocha
Ben Lerner. Ya le hemos puesto nombre y apellido. Ahora el Search Engine Optimization será más benévolo. ¿Y qué más? El título de su novela, aquella que leí recientemente: “Saliendo de la estación de Atocha” (Leaving the Atocha Station, 2011) ¿Y por qué? Porque alguien (por la razón que sea) me sedujo hacia su lectura. Bueno, ya tenemos todo lo idóneo para empezar una nota de lectura. Ahora solo hace falta llenar los párrafos con bagatelas y poluciones mentales.
Ben Lerner es americano, es decir, yanki; intelectual acomodado; cerebrito; neurótico y otros rasgos que hacen de su personalidad —hasta donde se me permite entrever— algo brillante. Poco conocido en España (o eso creo), aunque su opera prima, la ya mencionada “Saliendo de la estación de Atocha”, esté situada —mayormente— en Madrid. La novela en cuestión trata sobre un estudiante de posgrado al que le otorgan una prestigiosa beca para ir a España a continuar con su devenir académico y poético.
Adam Gordon, protagonista y alter ego de Ben Lerner, tiene en mente llevar a cabo un proyecto —aunque algo ambiguo— sobre la Guerra Civil, sin embargo, quizás consciente de su condición de americano privilegiado —Bienvenido, Mister Marshall— no es capaz de comprender la profundidad y las causas y las consecuencias del conflicto; en lugar de indagar, se dedica a fumar porros, leer a Tolstói y pasar el rato con sus amigos igualmente privilegiados del barrio Salamanca.
Adam presenta una especie de síndrome del impostor en el que intenta justificar su acervo poético. Intenta justificar una simbiosis entre poesía, sociedad y política. Intenta justificar su lugar en España, en Estados Unidos, en el presente, en la Historia. Pero en el fondo es consciente de que aquel tiempo, el de los poetas, ya pasó, y que parece estar interpretando una farsa infantiloide. (Así, hay un pasaje en la novela en el cual, Adam, se intenta comparar con un Miguel Hernández de la era Bush, para acabar confesando que él no es ni un exiliado ni un guerrillero, sino un universitario que de nada puede quejarse).
Choca de golpe con la realidad, aunque las chicas que conoce por el camino lo animen a escribir poesía, le dicen que, en realidad, no habla tan mal el español y etcétera, etcétera. Y tendrán razón a pesar de todo. Se miente y miente. Adam puede estar menospreciándose o puede estar siendo completamente honesto consigo mismo.
El fondo es lo que queda: primeramente, las lecturas en galerías de arte del barrio Salamanca ante sus amigos ricos (algunos de los cuales juegan a la izquierda y al marxismo por pose o preservación porque nadie está en realidad orgulloso de pertenecer al proletariado y nadie querría verse peor de lo que ya está o tener que trabajar); después los restaurantes de lujo, los apartamentos deslumbrantes y un opúsculo donde publica algunos de sus poemas (¡a diez euros el opúsculo!).

Una novela convenientemente de nicho, quizás para que Ben Lerner pudiese agradar a la gente de su entorno
Adam (Ben Lerner), de su trabajo poético, de su condición de poeta y universitario con buenas calificaciones, surge una desafección, un odio hacia la poesía: idea que desarrollaría con mayor profundidad en su ensayo titulado “El odio a la poesía”. Una alienación con respecto al mundo y su condición. Estado que se acentúa durante los atentados de Atocha el 11 de marzo de 2004, de los que es testigo; cuando otros le preguntan y él mismo se pregunta sobre la poesía y su lugar en el presente y la potencia transformadora de esta. Pero, como dice Adam (Ben Lerner), la poesía no tiene fuerza ni influjo para influir en la sociedad actual, que más parece un lujo de unos pocos con tiempo y capacidad intelectual para ello, y que lo que importa es la gente —la gente que, entonces, estaba allí afuera, en las calles, protestando por el apoyo que el gobierno de Aznar había prestado a la guerra de Irak y Afganistán— y los cadáveres —los cadáveres que se acumulaban en Atocha y que ya se habían convertido en parte del movimiento de la Historia con mayúsculas.
Historia de la que Adam (Ben Lerner) parece participar como quien se deja llevar por una mojiganga. Un americano —repito— que no comprende España ni sus circunstancias, que de la Guerra Civil y sus poetas (tanto por parte de los arraigados falangistas, la corte literaria de José Antonio: Dionisio Ridruejo, Ernesto Giménez Caballero, Luis Rosales, Leopoldo Panero, Luis Felipe Vivanco, etc.; como de los frentepopulistas y antifascistas: Antonio Machado, Miguel Hernández, José Bergamín, Rafael Alberti, Altolaguirre, Max Aub, etc.) no tiene ni idea, y parece que ha ido a hacer turismo de canuto, tapa y no poca pandereta con la excusa de un proyecto de posgrado.
Sin dudas, una novela que será mejor comprendida por esa aristocracia (¡gracias a Dios!) de los graduados en alguna carrera de filosofía y letras. Una novela de universitarios para universitarios. Una sátira narrada por un tipo que se toma a sí mismo demasiado en serio, en balde, ya que su posición en el mundo, sus propias incongruencias, y su carácter de impostor, yanki y burgués, le acaban socavando hasta ponerle los pies en el suelo.
A pesar de las contradicciones, a Adam Gordon (Ben Lerner) estas le resultan arquetipos fértiles para su poesía, aunque no le dejan de resonar como las desidias de un farsante.
Una de las piedras de toque de Ben Lerner que le ayudaron a reírse de sí mismo, al considerar la poesía y a los poetas como lo que hoy en día son y se les considera: unos intelectualoides universitarios pretenciosos, con la suficiente holgura económica como para andar papando moscas y escribiendo versos y recitándolos delante de los amigotes y familiares de la misma calaña como si en verdad hicieran algo o algún favor a alguien (o a expiar culpas de clase agitando pancartas y repitiendo consignas, mientras pasan las noches arrellanados en piscinas o jacuzzis con chicas guapísimas, fumando porros y comiendo caviar).
Hay mucha agudeza en “Saliendo de la estación de Atocha”. ¿La recomendaría a mis más íntimos allegados? Creo que no. Es una narración inconexa y anecdótica, aunque de fondo se entrevé una especie de argumento. Una novela convenientemente de nicho, quizás para que Ben Lerner pudiese agradar a la gente de su entorno: a los maestros, a los becados, a los poetas de cafetería, aula, doctorado y paraninfo.






