Un merecido homenaje al cine de Godard
Quizás ya no tan nueva, pero tampoco tan vieja, un poco teñida de gafas de sol, chaquetas de tweed, intelectualismo, café humeante, pipas, cuartillas garrapateadas, cámaras en movimiento y situaciones del todo humanas y naturales: la Nouvelle Vague merecía un homenaje. No presumo de ser un gran entendido en cine —ni en otras manifestaciones como los videojuegos, las series o los cómics—, pero desde luego no me equivoco al afirmar que después de la Nouvelle Vague y, en concreto, después de Jean-Luc Godard, casi todo fueron notas al pie de página.
Jean-Luc Godard, Godard, GOD-ard, fue uno de los directores más innovadores y prolíficos de la historia del cine. Esto es bien conocido y no hace falta ni remarcarlo. Recientemente se ha estrenado “Nouvelle Vague” (2025), una película en honor a Godard y en el de todo el movimiento que encabezó junto a tantos otros —como François Truffaut, Àgnes Barda, André Bazin o Alain Resnais—; no se trata de un biopic, tampoco de un documental, sino de todo un ejercicio de metacine que nos narra y nos detalla como se rodó uno de los manifiestos de la Nouvelle Vague: “Al final de la escapada” (À bout de souffle, 1960).
Dirigida por Richard Linklater (sí, el director de “School of Rock”), la película traza una especie de “tras bambalinas” ficcional; empieza, previamente, con el propio Godard (interpretado por Guillaume Marbeck) intentando convencer al productor Georges de Beauregard para que produzca su película, codeándose con la crème de la crème del cine francés de la época, desesperándose, resoplando porque aún no había dirigido ningún largometraje, esperando y desesperando por su deseada ópera prima… A partir de ahí, se reúne con sus actores: primero con Jean-Paul Belmondo (encarnado por Aubry Dullin) y luego con la guapísima y cálida Jean Seberg (retratada por la actriz Zoey Deutch).
A partir de aquí todo serán vaivenes y altibajos por las extravagancias del propio Godard: y es que tras sus gafas de sol, se escondían caprichos a veces legítimos, a veces pretenciosos, otras veces improvisaciones repentinas, un poco todo sobre la marcha. (Por lo visto, ni el propio Godard tenía muy claro que estaba haciendo; siempre se va un poco a tientas cuando se está creando o recodificando un lenguaje). El resultado fueron momentos de exasperación por parte del equipo y de los actores (en especial de Jean Seberg, que no sabía bien como había caído en tal rodaje, ni comprendía las exigencias de Godard).

Y es que Godard parecía querer crear un cine que se confundiese con la vida, un cine que fuese la propia vida, la vida-cine… ¿Realismo? ¿Naturalidad? ¿No es pasar y construir y recrear a través de una cámara ya un acto artificial? Entonces, a pesar de la “naturalidad” de la imagen cinematográfica, el cine, por mucho que Godard quisiera hacerlo la “vida misma”, ¿no es como esa voluntad mimética de otras artes que pretenden hacer pasar un artificio por algo real? Estas son preguntas lanzadas mil veces que otros han respondido tanto mejor que yo, pero no definitivamente…
Para mí el visionado de “Nouvelle Vague” ha sido todo un gusto. Un regusto snob y a la vez de estar por casa, de boina francesa, jersey negro de cuello alto, jazz ligero y cigarrillo entre los dedos… ¡Très bien! Y con las películas de Godard, de aquellas que he visto de su extensa filmografía, pues, las empiezas por el genio de Godard, las sigues por sus tramas y sus imágenes precisas, por sus diálogos sobre nada y sobre todo, pero te quedas por sus musas.
Creo que sus películas no hubiesen sido lo mismo, se hubiesen quedado en un insuficiente, sin esas musas: Anna Karina (Une femme est une femme, de 1961 y Vivre sa vie, de 1962), Chantal Goya (Masculin féminin, de 1966), la recientemente fallecida Brigitte Bardot (Le Mépris, 1963) y la ya mencionada Jean Seberg (que solo trabajó con Godard para “Al final de la escapada”, que se convirtió en “la chica de Al final de la escapada” y sobre cuya muerte sigue pesando un hálito de sórdido misterio).
Acostumbrado a tanta morralla, a películas que no dejan más que olvido, que solo miran por la taquilla y nada más que la taquilla, “Nouvelle Vague” ha sido un respiro para un cine caduco que se estaba quedando sin aliento. No voy a afirmar que sea la película de la década o del siglo, porque no lo es, pero sí que es un remanso para el tan machacado y prostituido séptimo arte, ya tan exhausto y estancado de secuelas, precuelas, reboots, remakes, explotación incesante de sagas y franquicias, premios a dedo, impacto mediático, rendimiento industrial, etc., etc.
Godard, Jean-Luc Godard, nos hace recordar que más allá de la taquilla, los efectos especiales, la espectacularización, el montaje, el kitsch (o sea, como decía Milan Kundera: la negación de la mierda), la frivolidad… más allá, hay arte, hay belleza, y, como hay arte, necesariamente hay vida.




