026 – De la mano con Leopoldo Panero (I)

Leopoldo Panero

Leopoldo Panero: mano a mano

Dice —y creo que dice acertadamente— don Dámaso Alonso: “Si la poesía no es religiosa no es poesía. Toda poesía (directísima o indirectísimamente) busca a Dios”. Esta sutil, pero viva declaración, corresponde al prólogo que Dámaso Alonso hace a la poesía de Leopoldo Panero; poesía que dio por bautizar como “arraigada”.

Arraigada porque, ciertamente, responde a una búsqueda incesante de Dios en un mundo en disolución, en cantar a la tierra, a la familia, a los antepasados… porque se ciñe a formas premeditadas como el soneto, sobre todo, por supuesto, la necesidad del endecasílabo; porque, después de la guerra civil, surgen —digamos— dos bandos poéticos (a los cuales más tarde les seguirían otras tendencias): una poesía desarraigada, cuyo máximo representante sería el propio Dámaso Alonso, y su estandarte, “Los hijos de la ira” (desarraigada por su nihilismo y su forma libre de prejuicios); y una arraigada, cincelada y abundante de tradición garcilasista (a veces tachada de idealista y antañona, por dar la espalda a la realidad de aquellos años decisivos para España, y, en su lugar, hacer juegos de expresión rayanos a la carcundia). 

Sin embargo, se trata de otro reduccionismo para denostar una u otra parte: algunos —como Luis Rosales— nacieron arraigados y maduraron desarraigados. Y otros, sencillamente, se sentían a gusto dentro de esas formas —como es el caso del posterior José García Nieto o del propio Leopoldo Panero que, a pesar de todo, también tiene algunas manifestaciones “desarraigadas” dentro de su obra. 

Con todo: Luis Rosales, Luis Felipe Vivanco y el mismo Leopoldo Panero, se inscriben dentro de esa generación arraigada llamada “del 36”. Si bien excelentes poetas, arrastraban un lastre en cuanto a su “mensaje” —como bien señala Francisco Umbral—: unas antiguallas andantes que en algún momento militaron en Falange; con lo cual, se vieron arroyados por la ola de la “poesía social” (la de Blas de Otero y la de Gabriel Celaya). 

Pero un destino aciago cayó sobre la dinastía Panero… Fue esta familia, si no maldita, maldecida. Muchos recuerdan no tanto al padre, al cabeza de familia, al mismo Leopoldo Panero, porque, por decirlo como si Freud hubiese hecho de las suyas, uno de sus hijos, el segundo, Leopoldo María Panero, se llevó el gato al agua en cuanto a fama y poesía, matando en el acto el buen nombre del padre. (No por nada ha pasado a ser un maldito español y loco que recorrió por completo la geografía nacional de manicomio en manicomio, convirtiéndose en una figura de la contracultura — de todo lo que hace saltar las alarmas, de hecho).

Jaime Chávarri inmortalizaría en su película “El desencanto” a la familia Panero, o al menos a los que quedaban: Felicidad Blanc (la viuda), Juan Luis (el mayor), Michi (el menor) y el propio Leopoldo María (poeta maldito y loco). Francisco Umbral, siempre tan agudo y honesto, consideró la película de Jaime Chávarri un despropósito para que los Panero —empobrecidos después de la muerte del padre y sin mucha intención de trabajar— pudiesen seguir viviendo del cuento.

Y va más allá: considera a Leopoldo Panero el mejor poeta dentro de su estirpe —y un servidor, habiendo tratado la poesía de sus hijos, lo considero de igual forma, pero el tiempo, desgraciadamente, ha maltratado a Leopoldo Panero de mala manera. 

Lo maltrataron los hijos y la esposa en “El desencanto”, lo maltrató la vida, lo maltrató la memoria. Porque Leopoldo Panero murió por segunda vez por decretazo del Ministerio de la Verdad, gracias a las maldades de su damnatio memoriae. Y ahora, Leopoldo Panero, está en el purgatorio esperando su absolución. Porque solo es, a ojos de la oficialidad, un censor del franquismo, un falangista, un poeta que hacía versos reaccionarios… sin explicitar, sin embargo, que estuvo a punto de ser fusilado por los sublevados (por lo visto, liberal y algo republicano en tiempos, Leopoldo Panero tuvo, además, un abuelo masón).

Su acercamiento a Falange y a José Antonio fue, si se me permite y con perdón de los ínclitos señores que hacen acopio de la Historia y dividen a sus protagonistas en “buenos” y “malos”, de lo más “poético”. (Por supuesto, nada de esto importa; ni siquiera su lugar natal, Astorga, y la casa-museo dedicada a su memoria, le han hecho justicia). 

Podemos afirmar que aunque Leopoldo María fuese un maldito y Juan Luis un quiero y no puedo, desde luego, el malditismo se ha cebado más con el padre que con los hijos. Hoy es un nombre olvidado. Ni siquiera una nota al pie de página en la literatura española. Malditismo impuesto institucionalmente; malditismo de padre y muy señor mío. 

Estatua del poeta Leopoldo Panero en su casa-museo en Astorga
Estatua del poeta Leopoldo Panero en su casa-museo en Astorga

¿Hay indicios de yugo y flechas en su poesía? Apenas. Leopoldo Panero fue un poeta fragmentario, que cuenta con tan solo un libro completo: “Escrito a cada instante”. Luego un poema magnífico y extenso: “La estancia vacía”. Pero con el que alcanzaría notoriedad y se convertiría (cosa que no fue de su agrado y que agravó su depresión y alcoholismo) en “poeta del régimen”, fue con “Canto personal”.

“Canto personal” fue una respuesta al “Canto general” de Pablo Neruda; Pablo Neruda, quien había atacado a “la caterva infiel del los Panero:/ los asesinos de los ruiseñores”. Señala Francisco Umbral acerca de “Canto personal”: “Leopoldo Panero coge una histeria católica y española, que en el fondo responde a una impotencia autocomprendida frente a la magna obra del americano. Panero escribe un Canto personal lleno de ginebra, tópicos, impotencia y desesperación. Y encima pocas páginas, porque él no podía competir con el raudal incesante del americano.” 

Voy a decirlo con mis propias palabras: “Canto general” es un despliegue de épica indigenista americana, de lucha de clases, de materialismo histórico, de mitología precolombina, etc., escrito con destreza furibunda; mientras tanto, “Canto personal” es una composición cargada de ultramontanismo, providencialismo, catolicismo y tendencia conquistadora, a veces ripiosa por su elección métrica (tercetos encadenados). (Creo que es justo afirmar que, en pleno 2025, la visión materialista de Pablo Neruda acerca de la Historia, es decir, como una línea recta que avanza gracias a una “lucha de clases”, es tan absurda y mítica como que la posición de los astros a la hora de nacer tienen algo que ver con la personalidad de cada uno). 

Fuera de esta excepción, la poesía de Leopoldo Panero tuvo un fuerte fondo existencial donde obra y vida —como suele suceder en lírica— están intrínsecamente unidas. Leopoldo Panero reconcilia esas dos tendencias y las hace propias: las del desarraigo y las del arraigo, las de la España frentepopular y las de la nacional. Sí; no hace ascos, recoge influencias de aquí y haya y las supera. Una vez más, no es blanco o negro, sino matiz de grises.

Lo que sí perdura de fondo, es la profunda espiritualidad que expresan sus poemas, la cotidiana mansedumbre, la naturaleza castellana y las aguas del Guadarrama… evidentemente, de fuerte inspiración machadiana, como está mandado. Y, cuando no, la melancolía y el acercamiento a la muerte que en sus composiciones se deduce. Y es que Leopoldo Panero, en su pretendida claridad luminosa, fue poeta oscuro, siempre pendiente del desenlace de la vida. No le hizo falta tener compostura de poeta maldito o de hacerse el loco, su vida y obra, sin querer, son más propicias a esta tendencia que las de otros malditos.

Por su pasado político, por sus antecedentes familiares, por sus hijos, por su obra honesta y fragmentaria, por los reproches que se le hacen en el presente, Leopoldo Panero se ha convertido en una sombra en lo oscuro. Con todo, lo que hay por dentro es una atmósfera anhelante de holgura por vivir y coleccionar experiencias que se unan al verso. En esto nada se le puede reprochar a Leopoldo Panero, aunque en su fuero artístico haya mucha tierra, familia y Dios —¿pero acaso no lo hay en los poetas de más diversa caladura?—. Quien ha visto en él un camisa vieja carca y cansado, es porque no se ha acercado a su obra y su vida —que son una y la misma cosa.  

Creo que fue su hijo Juan Luis, en uno de sus poemas, quien mejor inmortalizó la encrucijada vital de su padre: 

«Rojo para unos, amigo de Vallejo, condenado en San Marcos,

y azul para otros, amigo de Foxá, poeta del franquismo.»

Los poetas, como decía, suelen ser personas de honda evolución. No se estancan en un solo pensamiento, en una sola forma, sino que se dirigen hacia nuevos horizontes. El tiempo ha tratado mal la memoria de Leopoldo Panero y ha sido un poco más benévolo, sobre todo, con el revoltoso Leopoldo María. Dejemos que las aguas vuelvan a su cauce; que proclamar la primavera deje de ser delito de odio. Podemos reír junto a Leopoldo Panero que, en un poema tardío, decía y se defendía: 

«Resulta que ahora soy fascista cuando dirijo la primavera suavemente. 

Resulta que mis huesos,

mis reales y realísimos huesos 

(los pobres), 

han cambiado medularmente de política.» 

Lo que podemos decir es que en Leopoldo Panero se junta lo mejor de cada casa, sin remilgos ni prejuicios. Muy atento a las manifestaciones poéticas de su tiempo, a las ideas que flotaban en el ambiente, sintetizó toda una generación de arraigados —y poco a poco de desarraigados—, a la vez que rompía moldes para lo que vendría más tarde. 

Hay que mirar a Leopoldo Panero con la siguiente mirada: hombre melancólico, algo romántico, serio y recto, pero sereno, en busca de Dios que, por la coyuntura y lo que vendría luego, se iba muriendo (no como algo deseable, sino como tragedia). Su poesía resulta hoy de lo más adecuada frente a frivolidades y faltas de trabajo y talento, ya se sabe: para este mundo desarraigado que habitamos, falso e hipócrita. Una de las muestras más honestas de poesía de posguerra y de poesía española, ahora y siempre. 

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