025 – Chūya Nakahara: retrato de un bohemio japonés

Chūya Nakahara retrato

Nueva entrada en el blog: Chūya Nakahara

Suele suceder… existen almas a las cuales la vida mundana se les hace insuficiente, cuando no insoportable. Existen y están entre nosotros. Buscan más de lo que tienen. Se quiebran de sensaciones por experimentar; hacen todo y más por desarreglar cuanto los sentidos ofrecen.

A veces se contagian de la poesía que, como género de vida que es, se les torna condición sine qua non del devenir… como una enfermedad crónica. Necesitan de escribir versos como quien necesitar respirar… Me incluyo entre ellos. Y tantos y tantos otros… Tantos nombres que se vieron aquejados de esa pavesa penetrante que es la poesía. 

Y semejante enfermedad ha traspasado tanto fronteras como generaciones. Chūya Nakahara es claro ejemplo de ello. El nombre de seguro no se hace conocido a mucha gente, pero se trata (si se permite el título) del Rimbaud japonés. (Tan espiritualmente emparentado estaba con el adolescente francés de ojos azules que llevó una vida bohemia en honor a su persona y obra). 

Nacido en la ciudad de Yamaguchi el 29 de abril de 1907, Chūya Nakahara fue una de esas almas intrépidas a la que le picó el áspid de la poesía (quizás un poco por rebeldía, por romper sus propios límites, por consuelo frente a las circunstancias).

De familia acomodada, ya desde muy joven sintió los vaivenes de los versos, los cuales se le acusaron fervorosos después de la muerte de su hermano. Recibió una educación estricta; su padre es un respetado médico que desea que su hijo siga sus pasos. Para desgracia, su destino se plagó de versos y escapadas. 

Las biografías (o las malas lenguas) insinúan que fracasó a propósito en los estudios para salirse con la suya. Chūya Nakahara dejó atrás lo que la familia le tenía reservado y se fue a vivir su aventura particular. Puso tierra de por medio, se emparejó con la actriz Yasuko Hasegawa en 1924 y, como Rimbaud (que se sentía aislado en Charleville) fue a probar mejor fortuna en la capital: Tokio.

Sin embargo, en vida —como suele sucederles a malditos y olvidados— su éxito fue escaso. Si tenía suerte, alguna revista pequeña publicaba sus versos. Conoció a algunos escritores de renombre como Hideo Kobayashi y Shōhei Ōka, con los cuales editó una revista. Fuera de eso, todo lo demás fueron rechazos por parte de las editoriales (en vida solo publicó un libro de poesía que se tuvo que financiar él mismo). 

Arthur Rimbaud
Arthur Rimbaud

Y después de su trance literario, tuvo que en parte renunciar… y morir. (No hay historia de ningún maldito que no acabe en miseria y olvido).

En abril de 1931 fue admitido en la Tokyo Foreign Language College, donde estudió francés. En 1933 contrae matrimonio con una pariente lejana (un arreglo entre familias). Y su primer hijo muere de tuberculosis (la enfermedad romántica) en 1936.

Después de la conmoción por la muerte de su hijo, Chūya Nakahara sufrirá una crisis nerviosa de la que no se recuperará jamás… pasará un tiempo internado en un sanatorio mental. Más tarde, en 1937, Chūya Nakahara, también enfermo de tuberculosis, es hospitalizado… le dan de alta, pero, repentinamente, muere de una encefalitis en octubre de ese mismo año. 

El poeta muere, pero su legado no porque la eternidad no se puede erradicar… Ignorado en vida, hoy es tema de estudio y autor notorio. Su imagen se ha tornado tan icónica como la del joven Rimbaud (ese retrato de un joven melancólico y de ojos vacíos); la de Chūya Nakahara es la de un muchacho con sombrero, imberbe y con la mirada perdida Dios sabe donde…

Su poesía ha pasado por considerarse una revolución de las formas tradicionales japonesas; trastocó el haiku y el waka con gracia y maestría… su verso (como todo buen verso) estaba íntimamente unido a la música (tanto es así que muchos de sus poemas se adaptaron en canciones). Difícil poder gozar de la sonoridad, o incluso de la ortografía japonesa —tan atractiva al ojo extraño de los occidentales—, porque, como decía el poeta Robert Frost: “poetry is what gets lost in translation”. Habremos de imaginarnos la magia fonética que esconden tales composiciones… 

Chūya Nakahara puede pasar sin problemas al pabellón de los malditos y olvidados… esa oscura desbandada de gentes que escribieron, no tanto, para su tiempo, sino para la posteridad (como una manera de desafiar a la muerte). 

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