Miserias de la televisión
Es hora de atacar al tótem (ese tótem alrededor del cual, hasta hace bien poco, la gente se reunía para escuchar los mitos fundacionales de la civilización actual; las cantinelas del pensamiento débil y el relativismo); sí: va siendo hora de ponerlo en jaque, de machacar sus restos hasta que solo queden cenizas (creo que ya sus hondas catódicas han causado suficiente disolución social).
Pero en mi afán no está señalar con nombres, dimes y diretes quienes se dedican a sembrar las filfas a diestro y siniestro (mientras se autoproclaman adalides de la transparencia). Me apetece mencionar al medio sin mencionar a sus huestes, al pecado sin el pecador, al agua sin los peces… (dejemos que los puercos se regodeen mientras puedan en sus piaras de platós de televisión, radio, podcasts y demás porquerías).
La televisión: durante mucho tiempo altavoz de la verdad incólume, medio de comunicación audiovisual por excelencia; pero se topó con un rival inesperado: YouTube, Twitch, y otras tantas plataformas que desplazaron su hegemonía.
Desde entonces, la televisión representa un ornamento que decora los salones de las casas, pero que empieza a tratarse de un artefacto decrépito y silencioso que solo hace que ocupar espacio. Un reducto del pasado que va desapareciendo con las generaciones pretéritas. Uno de los fenómenos que ha generado esta guerra por la hegemonía comunicacional (de antemano perdida por la televisión), más allá de un conflicto que puede parecer ideológico, es el conflicto generacional.
Esa parte de nostálgicos de La Movida y viejas glorias buscarán (en caso de emplear Internet) discursos y representaciones semejantes a las que ya tienen en televisión; querrán oír categorías y vocablos que ya hoy nada significan. Mientras tanto, los nuevos medios, otros comunicadores, otra manera de dirigirse al público (más directo, interactivo y ameno) va ganando terreno.
Se me dirá que la televisión se está modernizando (y sí: he oído gente proclamar tal cosa sin remilgos), ¿pero es posible algo así? ¿No es eso volver a una realidad en blanco y negro (me refiero a que mientras que en algún momento la televisión sí fue en blanco y negro, no así la realidad, que tanto hace cincuenta o sesenta años, como en la Edad Media, como en el Imperio Romano, ha poseído siempre los mismos colores)?
Creo que la televisión, como medio, ha agotado sus posibilidades (y tal cosa se demuestra en que da coletazos estériles por conquistar el trono, pero en vano). Ni su programación, ni sus colaboradores, ni el montaje, nada, han mejorado (¿pero para qué iban a mejorar nada? Una vez acostumbrados los televidentes al estiércol, ¿para qué pretender cambiarles la dieta?).
No nos engañemos: la televisión sigue siendo igual de casposa y cazurra; no ha cambiado desde que las televisiones privadas entraron en juego: sigue siendo el mismo festival de oligofrenia, obscenidad, ignorancia, fealdad, derrocando toda posibilidad de buen gusto: a esos aderezos se les puso la máscara de la “libertad”, y tuvimos por un tiempo entretenimiento a la carta…
Poca solución veo al tema de la televisión, y sus gerifaltes creo que tampoco la ven, ya que no dudan en ir a la deriva y trasladar (en burdos intentos) la programación hacia plataformas digitales.

Cuando desaparezcan estos nostálgicos que siguen con las mismas cantinelas de antaño, probablemente la televisión reciba su golpe más certero. De ese reducto de antiguallas se mantiene: de las viejas glorias que quieren sentirse en la cabeza de la vanguardia (por eso, algunos presentadores y tertulianos, no suelen dudar en invocar antiguos demonietes y hacer gracietas que desde hace un buen tiempo perdieron su gracia… esas garrapatas de televisión, esos percebes que se resisten a jubilarse.
Cada vez parecen más al padre que sigue contando una y otra vez las mismas anécdotas de la mili, o al tío que continúa dando la barrila sobre como le pegaron una vez los grises en una manifestación — porque la idea de libertad de tu tío fue y es, aun a día de hoy, fumar porros, poseer pornografía o pasquines comunistas).
Pero las tempestades televisivas ya no azotan como antes. El nuevo medio se tragó al viejo y solo le queda renovarse si es que puede (bien: reconozcamos que la radio sí que se ha renovado con la proliferación de podcasts). Pero por el momento deberá lidiar con sus propias miserias: llorar muy fuerte, y quejarse, y retorcerse como el niño que patalea por atención. La evidencia es clara cuando los “Cachitos de Hierro y Cromo” debe de ser uno de los programas más icónicos actualmente: el bálsamo de las nocheviejas pasadas, los estertores de una contracultura que ni era contra ni era cultura.
Como la canción de The Buggles, pero 2.0: YouTube Killed The TV Star. Y cuando desaparezca será parte de esa vieja nostalgia, o parte de una nueva vergüenza.





