La Belleza (y por qué se la intenta subvertir)
Parece que hablar de belleza, dar una respuesta, una conclusión definitiva, sea casi una provocación —cuando no una osadía—; pero que nadie se lleve a engaño: en mi afán no está responder a que es la belleza de una vez por todas. La cuestión de la belleza lleva siglos y siglos siendo un interrogante que ha suscitado más preguntas e incógnitas que respuestas cerradas. Por tanto, no se trata de hacer en estas escasas líneas todo un periplo a través de la pregunta por la belleza (ya que eso nos llevaría a una obra de no pocos volúmenes y no pocas páginas cada uno donde entroncarían materias del saber tan diversas como la biología, la antropología, la psicología, la filosofía, la historia, etc., etc.), sino que mi intención es hacer un recordatorio de por qué la belleza sigue importando a pesar de todo (y el porqué la hemos arrumbado y olvidado).
Responder en nombre de la belleza puede resultar hoy en día algo anticuado, cursi, vano, estéril… pero convengamos que en un mundo sin belleza solo queda espacio para el caos y la intemperie. Olvidarnos de ella sería estar a merced de la brutalidad, la fealdad y la alienación. (Ni siquiera nuestros semejantes primitivos prescindieron de la belleza y el arte; prueba clara son las pinturas de las cuevas de Altamira y Lascaux. ¿Por qué si no eligieron la pintura como modo de creación y pusieron empeño en armonía, composición y colores? ¿Por perdurar? ¿Tan solo para dejar constancia? ¿Y por qué no eligieron otro modo?). La belleza: tanto puede ser giro, equilibrio, salto, alegría, desesperación, tristeza, violencia, paz, sosiego, nervio… En tan variadas sintonías la hallamos, sea en aquello de todos los días —como una flor o un amanecer—, sea en museos o salas de conciertos —en composiciones intrincadas y complejas, o sencillas—; por eso la belleza requiere tanto de los sentidos como del intelecto.
Sin embargo, la belleza tiene algo de embaucadora. Bien cierto es que encontramos belleza en las cosas más diversas, expresen violencia, inquietud u obscenidad. Violencia encontramos en aquellos cuadros de escenas bélicas, o de representaciones cinegéticas donde penden animales desollados, o en las imágenes de la Pasión de Cristo (sin ir más lejos); pero no podríamos decir que no son obras bellas, a pesar de todo (en la realidad tales situaciones las rehuiríamos, pero en el terreno del arte, debilitamos lo que de cruel esconden).
Obscenidad, por ejemplo, en “El origen del mundo”, de Courbet; o en “La maja desnuda”, de Goya, y sin embargo, persiguen la belleza (a pesar de que fueron obras destinadas a uso y disfrute privado). Así, igualmente, puede ser tan bello un día soleado como uno nublado. Una cara agraciada puede ser la horma de nuestro zapato… No; la belleza no está reñida con aspectos desagradables a simple vista, cuando no del todo corrientes (no por nada Heidegger tomó el cuadro de Van Gogh “Zapatos viejos” como signo de ese extrañamiento que el arte y la belleza producen y arrancan de objetos cotidianos).
Parece una paradoja, pero incluso en lo feo encontramos algo bello que nos consuela (según sepamos verla); lo brutal también puede liberar belleza; y tantas otras aporías que hay insertas en la cuestión de la belleza. (Poe decía que no había nada más bello que ver a una mujer consumirse… algunos vieron belleza en la muerte, el sacrificio ritual, el dolor, la locura, la orina, las heces o el suicidio: Trakl, Mishima, Pizarnik, Artaud, Baudelaire…)
Por lo menos hasta el siglo XVIII, estaba claro que el arte estaba al servicio de la belleza; esto independientemente de la utilidad del artefacto. Una iglesia, en efecto, tiene una utilidad religiosa y civil, pero no son estos elementos los que otorgan belleza, sino que su valor subyace más allá de los aspectos útiles. Los griegos tenían claro que la utilidad y lo inútil del objeto podían subsistir, pero a partir de la Ilustración comienza la idea de que el arte (las bellas artes) es lo que no sirve para nada… No podríamos decir que la poesía, la música, la pintura tienen una utilidad en el sentido moderno, es decir: científico, empírico y técnico de la palabra (a menos que la industria y el mercado estén de por medio).
Existía una cierta idea de que la belleza era, en parte, “objetiva”, y respondía a unas normas de buen gusto, equilibrio, tesón, armonía, técnica y destreza determinadas.
Pero a partir del siglo XX la tendencia cambiaría, y el valor universal de la belleza quedaría desterrado. Ya no importaría más que los aspectos subjetivos que el artista quiera plasmar, sin importar cuan degradantes, corrosivos, transgresores, dañinos o vulgares sean, o si su arte se trata solo de un medio para enriquecerse y obtener fama. Está manía del arte nace con Duchamp más que con ningún otro. La razón por la que críticos e historiadores del arte se niegan a señalar la broma de mal gusto (ya sin gracia) en la que se ha convertido el arte contemporáneo es por esta especie de sectarismo y compadreo que existe en el mundo del arte… o por miedo a quedar como tontos ante la galería si declaran que tal o cual obra es pura porquería.

Hoy, lo que era transgresión —quizás necesaria— hacia el gusto burgués, es gusto general y corruptor. También instrumento de la élite para amansar los fervores del pueblo y que solo respondan a sus más bajos apetitos. (Porque la idea era insensibilizarnos frente a la potencia de la belleza). Además de esta ridícula ansia por mostrarse revolucionario y antisistema cuando, en realidad, creo jamás el arte había estado tan subyugado a política e ideología. Pensemos en Banksy. ¿Qué tiene de antisistema esta corporación (diré que es una corporación) que se codea en el anonimato? Sus obras valen millonadas, las presenta en excelsas galerías, y es gusto de un amplio público tanto de aficionados como de críticos especializados. ¿Quién se engaña con semejante estafa? En fin, prosigamos…
Kant, acertadamente, expuso que la belleza es desinteresada y aprehensible por cualquiera: algo sin concepto previo que es representación de una satisfacción universal. Entonces, decimos, lo bello no tiene en sí utilidad, sino que es finalidad en sí mismo. Y añadimos: la belleza es un bien sin el cual se nos arrancaría esa parte sagrada que cada ser humano posee.
Miremos lo que llevamos de siglo XXI, ¿qué vemos? Ciudades plagadas de suciedad y esculturas que no son más que oportunismo, pelotazos urbanísticos por doquier, ruido visual de grafitis (valga la sinestesia), bloques de pisos construidos siguiendo los parámetros propios de ratoneras humanas (esa mala idea —geométrica, racional, estandarizada— que tuvo Le Corbusier de la “máquina de habitar”, a la cual debió haber llamado “máquina de alienación”), publicidad por todas partes, humo negro, carteles y pegatinas inconexas en expositores y señales de tráfico.
Pero no solo la fealdad y la cochambre se encuentran en el paisaje, sino también en nuestras formas y costumbres: las conversaciones, los ademanes, las formas se tornan más estridentes, zafias, rastreras y vulgares; el exhibicionismo todo lo impregna; los gestos y divisas tramposas empañan las conversaciones y los pensamientos hasta convertirlos en residuos de interacción social y psicológica.
Hay, necesariamente, que remarcar la indigencia en que nos deja la carencia de belleza en nuestra realidad diaria. Eliminar de la vida la belleza nos deja con ese regusto amargo que nos priva de poder disfrutar de todo lo pequeño; nos deja indefensos y orientados a lo sucio, incapaces de mejorar nuestra conducta y nuestras tribulaciones.
Es pertinente hacer el siguiente inciso: la búsqueda de la belleza —en los momentos precisos— es facultad de perfeccionamiento moral. (Digo en los momentos precisos porque la búsqueda incesante de deleite estético y de placer mediante lo bello (y tan solo como vía de placer) nos convertirían en esa especie de decadente que describió Joris-Karl Huysmans en “A contrapelo”, o en el hombre estético de Kierkegaard).
Por tal motivo Santo Tomás de Aquino la puso entre sus tres trascendentales, al lado del bien y la verdad, y la belleza, como ángel de la guarda de ellas. Todo en su forma, estructura y jerarquía. La belleza, en este contexto —de vital importancia—, no es mero adorno, sino contenido y continente.
Santo Tomás de Aquino creía que lo bello externo podía despertar lo bello interno de cada uno de nosotros; de la cual, al ser la belleza cognoscible, pone también de manifiesto el bien y la verdad con suma claridad. Y las tres, en indisoluble unidad junto a las cosas de la naturaleza y el arte, nos ponen en cercanía con Dios (y nos hace vislumbrar los grandes bienes que nos otorga).
Vemos como la noción de belleza de Santo Tomás de Aquino es la antítesis de lo que representa nuestro mundo contemporáneo. Uno de los grandes teólogos del siglo XX, Hans Urs Von Balthasar, en la primera parte de su tratado estético-teológico titulado “Gloria”, sintetiza el problema de este modo tan claro: “En un mundo sin belleza —aunque los hombres no puedan prescindir de la palabra y la pronuncien constantemente, si bien utilizándola de modo equivocado—, en un mundo que quizá no está privado de ella pero que ya no es capaz de verla, de contar con ella, el bien ha perdido asimismo su fuerza atractiva, la evidencia de su debe-ser realizado; el hombre se queda perplejo ante él y se pregunta por qué ha de hacer el bien y no el mal (…). En un mundo que ya no se cree capaz de afirmar la belleza, también los argumentos demostrativos de la verdad han perdido su contundencia, su fuerza de conclusión lógica”.
Apagada la luz de la belleza, se apaga la luz del ente, se resta la existencia, se degrada oscuramente e incomprensible. No apreciar la belleza apaga el lucero que llevamos dentro. Vamos tentando en la penumbra sin conocer del todo, sin saber, disociados de todo valor que nos supere y oriente la vida hacia espacios serenos.






