Brochazos de la filosofía de Kierkegaard
Unamuno lo consideraba su hermano (y le inspiró obra y pensamiento); Pizarnik encontró consuelo en el danés (demostró absurdo y brevedad); para Adorno solo se trataba de un burgués antipático, solitario y aislado del mundo; para Carl Schmitt una especie de santón que justificarían el irracionalismo, el cesarismo y el decisionismo (junto con Donoso Cortés); Leonardo Castellani primero lo despreció por brumoso atentado a su legado católico y latino (luego se dejó seducir por él). A pesar de que en vida fue un marginado social (y quizás una de las primeras víctimas de la cultura de la cancelación) Søren Kierkegaard fue una de las mentes más lúcidas y adelantadas a su tiempo (porque Kierkegaard no escribió para el siglo XIX, sino para el XX y XXI).
A Kierkegaard se le pueden hacer múltiples reproches: que en realidad no se trata de un filósofo (aunque misma cosa podríamos decir de Nietzsche, Freud y Marx, y no pasaría nada), que fue un poeta frustrado y exaltado (y aunque nunca escribió versos, nunca dejó de ser un poeta), que fue depresivo que sistematizó su depresión, que era un jorobado con ínfulas demasiado grandes, que tenía algo de meapilas (y algo de humorista, de dandi, de eremita, de seductor, de exegeta).
Bueno: habladurías filosóficas aparte… Cierto y bien cierto es que Kierkegaard translució un giro teológico hacia la condición temporal del hombre, trajo al individuo de carne y hueso, abandonó las abstracciones, y se centró en el devenir existencial de cada uno de nosotros, en nuestras particulares circunstancias (vaticinando la pérdida del “atreverse” en la época de las masas, la nivelación y la dictadura de la opinión pública). La culpa, la desesperación, la angustia, el temor y el temblor, el pecado, la caída, el salto, etc., etc., entonces, se comienzan a barajar como términos filosófico-teológicos operatorios para tratar las incertidumbres de la brevedad humana.
Kierkegaard, con todo, fue el padre de ese vocablo tan rimbombante que es el Dasein (traducido tal neologismo de manera chusca en español como ser-ahí, o como digo yo mismo: ser en el mismo sitio) antes de que ni siquiera Heidegger empezase a gatear. (Claro que Heidegger tenía algo de filósofo, de sacerdote, de poeta romántico… y también de nazi). Por eso se le suele considerar el padre de eso tan desagradable (casi como un insulto en la terminología filosófica) que se ha solido denominar existencialismo.
Y eso no solo se deduce de sus tesis vertidas en libros tan difusos que van desde los tratados de índole filosófico, los libros de sus interpretaciones bíblicas, alguna novela y algunos aforismos: todo el pensamiento de Kierkegaard es tan personal que su fundamento se encuentra en sus diarios y migajas. Porque su filosofía es toda su existencia y un revolverse hacia Dios (un peregrino de lo Absoluto como Léon Bloy, por ejemplo), un superar lo terrenal (lo de aquí y ahora, lo contingente) para trascender y llegar a ser quien se quiere ser (pero tal camino debía pasar necesariamente por el juicio de Dios, con razón luego Heidegger, Sartre, Jaspers y otros tantos —en principio ateos— tuvieron que profanar su pensamiento para adaptarlo al mundo secular, y de paso hacerse con la fama que debía pertenecer al danés).
Kierkegaard creció, dudó, se rebeló, se revolvió, pataleó, meditó, reverberó rabioso, renegó y dio vueltas y más vueltas en los retrocesos y vericuetos de su vida (como hacemos cada uno de nosotros). Se creyó Don Juan e hizo de la seducción un juego caníbal y criminal, sesudo y premeditado (disfrutó más de la caza que de la presa, porque de la que fue su prometida, Regina Olsen, ni al tálamo llegaron — una especie de iluminación que en lugar de alzarle al ideal donjuanesco, le hizo virar hacia esa especie de confinamiento eremítico-filosófico-religioso).

Primeramente, un dandi que disfrutaba de los placeres efímeros (estadio estético: el primero y más remoto y perjudicial), luego ya un hombre que se da cuenta de que todo lo fugaz no acarrea más que miserias a la larga (estadio ético: interludio antes del definitivo), finalmente, abraza la fe, la mece, la arrulla en su seno hostil y volátil (estadio religioso: donde el hombre halla la eternidad en lo transitorio — gran paradoja que, no obstante, nos hace ser completamente).
Y lo dicho: estos son los tres estadios que creía Kierkegaard cada existente debía atravesar para ser en plenitud: quien se estanca en el estadio estético corre el riesgo de emponzoñarse de angustia y melancolía (porque repite y repite los mismos actos huidizos, y se aburre, y nada le llena; es una enfermedad del ser porque se niega a sí mismo. ¿Alguien duda de qué nuestra época presente está plagada de gentes enturbiadas en el estadio estético?); quien se queda en el ético, es, sí, pero solo en los designios de la comunidad a la que pertenece, como ente abstracto, guarismo, expolio de estadística; pero quien alcanza el religioso, quien realiza ese gran salto, deja de ser accidental, vive del todo, trasciende (infinito, prodigioso, a la par que absurdo — tan absurdo como necesario).
Lo que Kierkegaard nos descubre, a fin de cuentas, es la vida al desnudo, la vida que no se puede entender racionalmente (porque su misma fuerza es apabullante), la vida que solo se puede vivir, y de su vivencia, su realidad y su verdad sin fisuras. Porque la vida, aunque la memoria nos oriente hacia atrás, su movimiento siempre es hacia adelante.
Síntesis final: cuerpo (estético), alma (ético), espíritu (unidad de ambas junto a Dios: religioso). Unidad de lo trascendente con lo contingente, eternidad y temporalidad, infinitud y finitud… paradojas del existir.
Tal fue el devenir en vida y pensamiento de Kierkegaard: un meditar constante de las contradicciones del propio existir. Fue sin dudas un individualista que no tuvo reparos es machacarse erráticamente. Y en legado nos llegó tarde, muy tarde, porque él, Kierkegaard (el hombre, el filósofo, el poeta, el teólogo, el dandi, el seductor, el desesperado), fue un rastro oscuro en su ser, circunstancia y tiempo, un vidente en cierto modo, un profeta, porque la lucidez del que es lucido solo se ve a posteriori. Muerto. Recuperado en migajas por otros personajes.






