019 – Poesía a vueltas y revueltas

Poesía

O la poesía como oposición al mundo del trabajo

Se suele comparar la poesía con la mística y el erotismo, o al menos así lo creían Octavio Paz y Georges Bataille; dicho esto, por tanto, comprendemos que la poesía, como transgresión a veces, como excrecencia de la parte más íntima y más humana, se opone al mundo del trabajo. A lo utilitario. Se orienta al gasto improductivo de energías. Al sacrificio. Descubre un mundo “más allá” de la subordinación útil y productiva. 

Con esto también suponemos que la poesía nos arranca del mundo servil de la propaganda y la política; porque lo místico, lo sagrado, responde a un intemporal, mientras que las formas de gobierno son efímeras, temporales. Como si los versos, en sí, se tratasen de una especie de insurrección verbal. Pero, ciertamente, la poesía puede tener su compadreo con el poder, como igualmente, puede abrirse paso hacia la libertad.

La poesía puede, desde la segura oscuridad del sótano, confabularse con las fuerzas facciosas de la servidumbre (véase el aspecto de hipócrita transgresión de gran parte de nuestro arte contemporáneo, que vistiendo el uniforme de la revolución y la contracultura, es fanático servidor de las causas más mezquinas; y mientras agita toda clase de corrupciones ideológicas, se pretende libre y liberadora). El bien, la verdad, la belleza —la prístina trinidad de la trascendencia— quedan pisoteadas. Se abre una profunda escisión entre poesía y vida. 

Cuando la poesía se torna propaganda, sabemos que será flor que pronto se va a marchitar. Cuando la poesía se distancia de la vida y le da la espalda a la libertad, se juega a un preciosismo estético —de invocación del pasado o de paraísos artificiales—, o bien se nombra —nos dice Vintila Horia— un listado de fórmulas para el mal consuelo (y si pensamos detenidamente, en la época presente nos encontramos asfixiados por los malos consuelos). 

Los arlequines de la propaganda degradan el lenguaje y hacen de él el instrumento de la desinformación y de la demagogia parlamentaria. Condenan la poesía al mundo de la utilidad. Peor, la destierran. O la transforman en una poesía incapaz de sobrevivir al tiempo y las incertidumbres ideológicas de su instante propicio. Poesía política; poesía social; poesía cívica; poesía oficial. Versos que no saben morir en soledad. Pero tampoco en compañía del pueblo. 

De las fuerzas espirituales del poeta, del céfiro de su pluma y palabra, hoy se quiere arrebatar toda potencia transformadora (con lo cual quedan los pueblos más a merced de la opresión). Por eso se quiere al poeta relegado a ser tertuliano en un programa matinal: para arrancarle toda posibilidad de redención de sus manos. 

A veces, claro está, la poesía tiende a mezclarse con el clamor de la multitud; minuto a tiempo y palmo a palmo, con la vida diaria, los resquemores, el desaliento. (Expresar la soledad del populacho; lo que no se atreve a decir). Pero un Estado, una ideología, pueden enmascarar este clamor con un estilo oficial, y hacer de él una manifestación genuina de puro populismo.

Una poesía comprometida deberá ejercer una suerte de libertad, a la vez que haga patentes los sentidos patrios y particulares; haciendo nexo entre lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos. Y esto no hace necesariamente que la poesía entre en el circuito de lo útil o de la demagogia porque se tratarán de obras sinceras y desgarradoras, torrenciales, espontáneas, al unísono entre la hora individual y colectiva. Serán manifestaciones que a pesar del profundo propósito presente, sobrevivirán a los embistes del tiempo. Tradicionales y en perpetua dinámica renovadora. 

Georges Bataille
Georges Bataille

Se salva la poesía del mundo útil y productivo, y de la caída en el trabajo. Se reivindica como reserva salvadora. Se libra de las fauces de la propaganda perniciosa y servil. Retorna al tenaz salvoconducto de la fe, la libertad y la vida. Del bien, la verdad y la belleza. Todo en su justo lugar. Diríamos que vuelve al Ordo Amoris que proclamó San Agustín: un amor ordenado, justo y desinteresado. (Valga la redundancia, porque no hay amor que pueda ser interesado). Una armonía reveladora del orden trascendental que nos extiende más allá del límite de la muerte; es la afirmación de la vida incluso en la hora de la muerte.

Nos dice María Zambrano: “El amor, al igual que el conocimiento, necesita de la muerte para su cumplimiento. El amor por quien se propaga la vida… Este es, creemos, el fundamento de toda mística: que el amor nace en la carne (todo amor “primero” es carnal) tiene, para lograrse, que desprenderse de la vida, tiene también que convertirse… Y esta conversión, en verdad, se ha verificado por la poesía, en la poesía”.

Mística, verdad, bien, erotismo, libertad, belleza… lo que no sirve para nada, aparentemente, porque primero se debió relativizar cada cosa para primero subvertirlas, y luego para rechazarlas. Más difícil fue desafiar a la belleza, porque ella es mayormente sensible y catalizadora de todos los demás trascendentes nombrados: no puede haber sagrado sin armonía (belleza); no puede haber bien ni libertad sin orden (belleza); no puede haber erotismo sin belleza (porque se caería en una pura animalidad).

(No, el erotismo no está reñido con lo sagrado, es, de hecho, lo que acerca y lo que une y hace que se perpetúe la especie y se ame incondicionalmente; la lujuria, solo una desviación ponzoñosa). Pero sin “lo que no sirve para nada”, la vida sería imposible y odiosa.

La vida sería, sencillamente, un producir incesante; un vaivén de jornadas laborales que empiezan y terminan, sin que haya posibilidad de intimidad, de juego, de redención.

Por eso la poesía no puede reducirse al orden del trabajo (no, no puede), porque sería reconocerse como instrumento servil y dar por hecho que los individuos no son más que material humano sensible a la explotación. Porque la poesía destierra la avaricia y desbanca el amor hacia los bienes materiales. Y descubre el velo de lo que el alma esconde profundamente.

La poesía, la auténtica poesía, se abre paso hacia esa libertad mientras arrasa con el servilismo propagandista y parlamentario, con las fuerzas del desorden materialista, con lo que de vago y vulgar encontramos a nuestro paso. Y se dirige a lo temporal y a lo intemporal, a lo dinámico y estático, a lo tradicional y renovador; pretende perdurar libremente en sus propios afanes. 

Y finalmente nos recuerda Georges Bataille: “A su esencia [la de la poesía] le corresponde un solo fin político: el escritor no puede sino comprometerse en la lucha por la libertad anunciando esa parte libre de nosotros mismos que no pueden definir las fórmulas, sino solamente la emoción y la poesía de obras desgarradoras. Incluso más que luchar por ella, debe ejercer la libertad, encarnar por lo menos la libertad en lo que dice”. ¿Libertad? Sí; la del hombre y la de su alma. 

La poesía posee un compromiso irresoluble con la vida (incluso con la vida más allá de la vida). No podemos consentir el relativismo de la belleza ni la utilidad utilitaria de la poesía, a menos que queramos condenar nuestra parte sagrada. 

Este sitio web utiliza cookies para mejorar su experiencia de navegación y asegurar el correcto funcionamiento del sitio. Al continuar utilizando este sitio, reconoce y acepta el uso de cookies.

Aceptar todo Aceptar solo las requeridas