Desmintiendo al Nietzsche apolítico
Resulta cuanto menos curioso que Nietzsche sea considerado por muchos el profeta de la sociedad de la disolución y el hedonismo, pero para que esto se haya llegado a creer ha tenido que llevarse a cabo una criba interpretativa, una especie de higiene hermenéutica para hacer de él un autor family friendly.
Aquilino Duque decía a propósito de este fenómeno: “Hablar de Nietzsche en tiempos de fetichismo igualitario es sumamente peligroso, a menos que se le tergiverse. Hoy se habla mucho de Nietzsche, es decir, se tergiversa mucho a Nietzsche, que es la única manera de que cabe ocuparse de él sin irritar al rebaño”. Como otros autores que pueden resultar incómodos para el establishment bienpensante y políticamente correcto, los programas educativos han transformado a Nietzsche en un eunuco domesticado. No en vano, sus tentáculos dionisíacos son de lo más seductores.
Pero preguntémonos lo siguiente: ¿Fue Nietzsche un filósofo apolítico? Respuesta corta: no. Pero se le suele considerar de tal modo: un filólogo meramente interesado en la cultura helénica, en la tragedia, en las óperas de Wagner, en la moral, en la embriaguez del espíritu; alguien que se encontraba al margen de los problemas de su tiempo y, sin embargo, completamente capaz de hacer un diagnóstico certero de los males europeos a través de una metafísica de la moral.
Pero cae este mito de un Nietzsche impostado hacia el pasado, el dionisismo y el eterno retorno en cuanto nos damos de bruces con sus textos, sobre todo con sus obras fundacionales. No se le puede dar la espalda y ponerle el antifaz del individualista-anarquista algo simpático y recurrente… En cuanto rompemos con la lupa de la inocencia interpretativa, es decir, si dejamos la candidez de parvulario propia de una Yolanda Díaz, nos encontramos con todo lo contrario.
Empezando con que, efectivamente, Nietzsche estaba tan al día de la deriva política de su tiempo y era tan crítico, mordaz y analítico como lo podía ser Marx, o incluso más, eso sí, hacia el lado derecho. Así es, Nietzsche fue un gran reaccionario, pero no un nostálgico del Antiguo Régimen.
Consideró a Bismarck un vino viril y robusto, pero temerario por querer contentar a parte de las masas obreras, a Luis Bonaparte —posteriormente Napoleón III— le legitima su golpe de Estado, atacó el parlamentarismo y el liberalismo, fue un prusianista exacerbado, su aristocratismo llegó a sobrepasar a su amigo y maestro Richard Wagner, antiiluminista declarado, anticomunista, y antimoderno…
Entonces, ¿cómo ha podido suceder que Nietzsche sea visto, insisto, ingenuamente, como al precursor del nihilismo consumista-democrático? Nicolás Gómez Varela hace un exhaustivo análisis al respecto del Nietzsche político en su obra “Nietzsche contra la democracia”.
No, no han sido arbitrarias estas consideraciones del filósofo, sino que responden a las necesidades de unos andamiajes ideológicos y de unos hagiógrafos, quizás, tan inocentes como embrujados por la obra del filósofo de Basilea, al que consideraban una especie de poeta visionario, inactual, mítico, cuando no sumo santo y sacerdote del mundo actual en disolución y sus derroteros. Esos hagiógrafos pertenecen a la secta del Nietzschéisme.
Y como suele suceder en algunas sectas, el Nietzschéisme desafía al propio puño y letra de Nietzsche y hace una interpretación sesgada con el propósito de adaptarlo a un marco ideológico.
No podemos pensar que Nietzsche hacía declaraciones políticas de forma accidental y pasajera, sino que estas mismas atraviesan y dan forma de arriba abajo a toda su obra. Desde la juventud hasta la madurez, aunque en esta etapa final solo queden remanentes de ese ímpetu juvenil-reaccionario. Y es que estaba al tanto de todo lo que acontecía en su presente, militó en algunos grupos reaccionarios y su pensamiento e ideología iban a la par con el pensamiento de buena parte de los reaccionarios europeos.
El interés de Nietzsche como pensador político atravesó cuatro fases: la primera comienza con el propio Nietzsche en vida, en 1898, quizás la etapa más sincera, en la cual se muestra que su Kritik reaccionaria ataca a la sociedad de masas, a la democracia liberal, a los partidos, al socialismo y al anarquismo; lo cual erigiría a Nietzsche en una especia de aristócrata radical e individualista.
La segunda responde al periodo a partir del fin de la Primera Guerra Mundial hasta el fin de la Segunda y son las interpretaciones conservadoras, nacionalistas y nacionalsocialistas que se hicieron de la obra de Nietzsche y que le ponen como un pionero del despertar del pueblo alemán.
Sin embargo, los nazis no toman la obra completa de Nietzsche como sujeción filosófico-ideológica del nacionalsocialismo, sino que toman de aquí y de allá según les convenga, y son críticos con todo lo demás. (A diferencia de la llamada Konservative Revolution, entre cuyas líneas se encontraban Ernst Jünger y Oswald Spengler, la cual sí que toma amplia inspiración de los preceptos de antimodernismo, nihilismo y antiilustración, además de la teoría del Übermensch como principios políticos, filosóficos y hasta literarios).
La tercera fase, una que ya nos empieza a resultar más familiar, a partir de 1945, aparece un esfuerzo por desbancar al Nietzsche que los nazis habían dibujado, desnudándolo de toda connotación política. Y la cuarta y última, que entronca con la anterior, es su definitiva canonización, es decir, su amansamiento edulcorado a través de las interpretaciones estructuralistas y posmodernas. No fue otro sino Foucault —adalid de la izquierda caniche— quien fundó el Nietzschéisme con su estudio titulado “Nietzsche, Marx, Freud” (sí, los tres apóstoles del siglo XX y XXI), en 1967, a las puertas de aquel desastre que fue el mayo del 68.
¿Qué vio un filósofo que se ha convertido en un caudillo del progrerío allende las fronteras francesas en el reaccionario de Basilea? Sencillo: Foucault tomó a Nietzsche no tanto como a un autor a comprender, sino como a alguien que traza un método de indagación genealógico-moral que se tornaría en uno de los principios de la calicata deconstructiva.
En parte, debemos a estos autores como Foucault que a Nietzsche se le salvase de la quema. Aunque esto implique leer mal o interesadamente a Nietzsche o a cualquier otro. “El silencio patético —nos dice Nicolás Gómez Varela— de los brahmanes académicos, el despiste monumental, del «Nietzschéisme» no es ni el silencio ni la falta de coherencia de sus fuentes. Por el contrario. Sus fuentes se adaptan, sí o sí, al «fórceps» ideológico de su máquina interpretativa”.
Y concluye Nicolás Gómez Varela: “¿qué es el «Nietzschéisme»? Es parte de la ideología del liberalismo libertario, fase del capitalismo globalizado, del capital posfordista, cuyo elemento distintivo es represión total al productor y libertad al consumidor.” Así es como de una bestia desbocada, con cuatro picardías hermenéuticas, se pasa a un manso títere de la nueva izquierda liberal. El más reaccionario e intempestivo es presa de la academia y presentado con un yugo de lisonjas amables y buenistas.
Hecho este repaso por los acólitos de Nietzsche y las exégesis que hacen de su obra, preguntemos: ¿qué ideas y convicciones sostuvo Nietzsche? ¿Qué le ha hecho tan incómodo como para esconder o eliminar su faceta política? Las ideas que sostuvo tienen que ver con su deriva existencial, educativa y filosófica: las lecturas que llevó a cabo, donde vivió y creció, sus amistades, los acontecimientos históricos de su tiempo, etc. Sabemos que Nietzsche tuvo dos maestros y dos ejes alrededor de los que se vertebró su pensamiento: Schopenhauer y Wagner.
De joven, Nietzsche sentía una gran fascinación por Wagner y sus óperas; cierto que más tarde acabaría enemistado con él. Pero del compositor recoge sus afanes por la regeneración de la cultura alemana.
Wagner, en su juventud, fue un demócrata revolucionario que participó en las revueltas populares de 1848. Pero el fracaso de la Revolución le llevó a despreciar tanto a la burguesía liberal como al proletariado anarquista y socialista. Totalmente desengañado de la modernidad liberal, se volvió —aunque cueste creerlo— un “reaccionario revolucionario”. Un precursor de la revolución conservadora.
Wagner, además, tiene el dudoso honor de haberse convertido en un inspirador de la imaginería antisemita y nacionalista, inserta tanto en su obra musical como en sus tratados estéticos y filosóficos. Así, el Nietzsche fan de Wagner, no pudo más que aprender de su maestro. Nietzsche fue un wagneriano militante.

Y se puso manos a la obra. “El nacimiento de la Tragedia” es el manifiesto de la política pro-wagneriana. Tan radical que incluso Wagner hizo retirar algunos capítulos a Nietzsche, en especial aquellos en los que llamaba a reprimir a las masas obreras (recordemos que el compositor fue un viejo socialista romántico y estuvo en las barricadas de Dresde junto a un joven Bakunin).
Yo mismo en su momento lo leí como lo que creí que era: una obra de juventud donde la erudición sobre la cultura griega, el arte, la música y la filología fluyen en un totum revolutum. Pero en clave política resulta más lúcido, pero no menos caótico.
Esta obra, junto a la de Wagner, se erige como una denuncia hacia el mundo burgués, una invocación de la esencia remota de la cultura griega que estaba por renacer. Porque Nietzsche identifica la decadencia de la cultura helénica con el “Socratismo”, con la democracia ateniense. Una degeneración de la Kultur occidental y sus instintos más arraigados en manos de la Civilisation.
Siendo menos opacos, lo que Nietzsche identifica en la debacle de la cultura griega —anacrónicamente— es su propio presente: la entrada de las masas en la vida política, la irrupción de la mediocridad burguesa, los asaltos del quinto estado, cuando no de los esclavos, la debilidad hecha ley de piedad, la expulsión de los héroes y los genios, etc.
La decadencia de Occidente comienza con lo socrático, tendría unos dos mil años de antigüedad, y se reflejaría primero en la dialéctica socrática, luego en el cristianismo, más tarde en el racionalismo, en la Ilustración, en la democracia, en el liberalismo, en el anarquismo y en el comunismo.
Al haber privado a la tragedia de su esencia aristocrático-dionisíaca, se hizo objeto de neurosis de las masas como vía ideológica donde estaría vertido todo el socratismo. Así, como sucede hoy en día con los espectáculos de masas, en lugar de producir genios y hombres superiores —castas de la aristocracia del Espíritu—, se generan gentes mediocres y lobotomizadas, inducidas por el síndrome del igualitarismo. Lo cual desembocaría en el humanitarismo de los Derechos Humanos.
Sí, Nietzsche tuvo el bigote más frondoso y reaccionario de la filosofía, y no por ello fue menos valedero.
Así el comunismo, la Hidra Internacional, sería para Nietzsche el subproducto mejor acabado del socratismo. La interpretación que Nietzsche hace de la historia y la lucha de clases tiene un ardid del todo naturalista: reduce estos conflictos a una contienda entre fuertes y débiles. Amos y esclavos en la cual los esclavos, resentidos, querrían ver caer a los amos para verlos en su misma condición subyugada.
Y para revitalizar esa decadencia, se hacía necesario retornar a la edad trágica con todas sus consecuencias dionisíaco-arias. Y Alemania concretamente sería el centro del renacer de la “grecidad”, y para que brotase cual espiga dorada y fecunda, por contraste a la fealdad amanerada del mundo capitalista, se debía contar con una selección de Genios que conformasen una aristocracia natural.
Nada de meritocracia, pero no por las razones en que nos lo presenta la casta oportunista-parasitaria conformada por intelectuales, activistas, periodistas, sindicalistas y demás vocingleros de la izquierda indefinida; porque puestos a golpe de nepotismo y bien cobijados por la sombra de las instituciones —buenas daifas de los mandarines—, no pueden creer que alguien ascienda por sus propios méritos o que sea excelente en lo que hace.
Nietzsche, por el contrario, y por la educación que recibió, consideraba que quien no estaba naturalmente predispuesto, no podría jamás ascender por méritos propios. Es decir, algo que ni por asomo casa con la oposición que hacen los progres a la meritocracia; a ojos de Nietzsche, serían los mayores esclavos y resentidos. Los despojos del Último Hombre. Incapaces por ser parte de la mediocridad burguesa disfrazada de ilusiones progresistas.
Tal fue el devenir del Nietzsche político y por eso se ha pretendido presentarle como un personaje algo más amable. Aunque estas consideraciones puedan parecernos hoy desorejadas, no podemos por más que reprocharle que respondía al tiempo al que vivió, a sus circunstancias. Más reproches podríamos lanzar a la logia del Nietzschéisme por haberlo tergiversado para sus intereses ideológicos. Y sin embargo, Nietzsche hace un diagnóstico de la civilización europea aún operatorio a día de hoy, eso sí, si no se le falsea ni siquiera lo más termocéfalo.
Ciertamente, la decadencia de Occidente coincide con una crisis no económica, no política —esto no son más que naderías a las que se les ha dado suma importancia—, sino cultural y espiritual. La devaluación de la moral. Un mundo de intrascendencia y sin heroicidad donde solo se dedica uno a la vendimia del lloriqueo y la mediocridad. A la negación de todo lo que pudiese ir más arriba, más alto, más noble. Sin ese ambiente reaccionario del que bebió, esos últimos estertores de un mundo que estaba desapareciendo en pos de la sociedad nihilista de las masas y el consumo, quizás Nietzsche nunca hubiese llegado al amor fati y al eterno retorno.
Nietzsche no traía la buena nueva del nihilismo, sino que la condenaba. Tal fenómeno es parte de la tragedia futura del presente. El olvido del Ser y por lo que el hombre deja de insertarse en la vida y en el mundo auténticamente. Porque para insertarnos debemos estar dispuestos al combate y a la conquista, empezando por la conquista de uno mismo.
Sí, Nietzsche tuvo el bigote más frondoso y reaccionario de la filosofía, y no por ello fue menos valedero.






