012 – Mester de poesía

Caminante sobre un mar de nubes

Poesía en un mundo líquido

¿Qué hace un poeta en el mundo de hoy? ¿Qué pobre loco se atrevería a trabajar el verso como quien surca las tierras de labranza? Y es que a pesar de todo, a pesar del tiempo en el que vivimos, retornamos a la poesía, la hacemos deber, misión, lugar de sacralidad y vida. ¿Por qué tanto inútil afán? Algo así nos lo podría preguntar el científico, el psiquiatra, el médico, el sociólogo, el ingeniero: ¿por qué? Quizás por eso: porque la poesía no es productiva, nos separa de ese mundo dominado por el guarismo y la apariencia; por eso mismo: porque no sirve para nada… O aparentemente no sirve para nada.

¿Para qué seguir escanciando versos a nuestro paso? ¿No tenemos todo lo que necesitamos?

El caleidoscopio audiovisual secuestra nuestros sueños, experiencias, imaginación; los aparatos median en nuestra percepción: una flor o un jardín, el primer amor o un viaje de fin de curso; festivales, museos, restaurantes, monumentos, montañas, bancales, barbechos, barrancos, zarzales… todo cae en su dominio… pero en la poesía una flor no es solo una flor, un amor tiene algo de divino, una habitación solitaria es un templo inexpugnable. Empleamos la poesía como modo de refundar lo que de sagrado tiene el mundo. 

La poesía detiene el mundo en el instante para tornarlo sagrado (y con tanta velocidad, hoy más que nunca, es necesario). Lo hace eterno. Lo eleva. Lo consagra. Decía Mircea Eliade que lo sagrado es lo verdadero, lo perdurable, un punto fijo y homogéneo, algo que trasciende lo inmediato y nos comunica con lo alto: “lo sagrado es lo «real» por excelencia, y a la vez potencia, eficiencia, fuente de vida y de fecundidad”.

En un mundo falseado, la poesía, desgarrando el espejismo y descubriendo lo sagrado en toda cosa, hace de lo real aún más real.

Pero hoy la poesía parece en peligro —pero jamás vencida—; mancillada, ultrajada, denostada como el trabajo torpe, quebradizo, huero de un niño, algo que es perder el tiempo, que margina y enloquece, una actividad propia de un paria, algo que nos llena de incertidumbres, de impaciencia, que ensordece a los amigos, que disgusta a los padres, que aburre a las novias. ¡Oh!, y todo porque se aparece como acto de rebeldía, pero de rebeldía estéril y sin causa.

¿Qué hace un poeta en el mundo de hoy? ¿Qué locos afanes le conmueven? Tiene una misión discreta, sigilosa, que a su vez, es ensordecedora y monumental como la ventisca sobre un paisaje desolado: alzar sobre sus versos ese mundo invisible que, sin embargo, se encuentra bajo toda cosa: naturaleza y objetos de costumbre.

Como si alrededor, en la misma realidad que circunda, el poeta quisiera arrancar lo sagrado de lo que hay aquí abajo; pero en el camino, se rebela contra la realidad, funda otro mundo —su propio mundo—; se vuelve intransigente contra la realidad, exige un poco más de ella. Rechaza las cosas como son, busca lo hondo de lo que en la Tierra hay; se sacrifica a lo divino; a veces rechaza el trabajo y los días, las diversiones vanas que entretienen al populacho, y ese mercado que hace de funambulista de deseos.

Su corazón no es superficial; se encamina siempre hacia el Infinito —ese insondable, magnífico, radiante que el pecho alberga—. Hölderlin, Novalis, Rimbaud, Baudelaire, Yesenin, Rhizy, Artaud, Villon, Pizarnik, Curtis, Leopoldo María Panero… ellos saben bien de lo que hablo.

¿Qué persona con una vida al uso no ha pronunciado sobre su rostro una mueca de repugnancia mezclada con bilis cuando ha visto a esos desarrapados garrapatear hojas y hojas en los rincones de las bibliotecas, en callejones oscuros, en cafeterías sedientas, mientras sin que esas gentes temerosas supieran que esos mismos poetas iban mostrando —casi con obscenidad— los recovecos oscuros de sus almas? Hondamente fluyendo de humores negros y enfermedad versificada. 

¿Poesía social? Qué se queden ellos y quien quiera con sus monarquías y repúblicas, con sus democracias y dictaduras, con el tablero de ajedrez de las elecciones, con las elegías de tronos libres y luego ocupados, con sangre por sangre y liendre por liendre; que yo no viajo a los efímeros, ni dedico glorias a la estadística, ni al Estado de Derecho, ni del bienestar; tampoco libro sonetos a las leyes orgánicas o a los planes de desarrollo sostenible.

Nadie perdería la vida por esas naderías, pero sí por el laurel, por la lira, por la rosa… o por defender el honor de la novia. Sí; la poesía es un salto de fe. Es el sacrosanto terreno fértil poblado de quimeras, de anhelos, de heroísmos, de todopoderosa elevación; rescata las cosas de este mundo para elevarlas sobre sí mismas. 

Gavilla de malditos
Gavilla de malditos

¡Oh!, de la aldea global de Marshall McLuhan a la aldea particular del poeta. Otro paraje a reconquistar. Hemos perdido el sentido de la distancia; lo lejano se encuentra cercano, lo cercano lejano. Tanta comunicación en la época desapasionada… para sentirnos más aislados que nunca. Quizás hoy y no en otro tiempo, hoy que todo se exhibe, que de todo se hace espectáculo, hoy, en el presente en marcha, tiene más importancia la lírica, cuando no el diario personal (que trascienda la muerte del poeta, que sea vida más allá de la muerte, que sea epitafio y sombra refulgente).

Encerramos la vida en fotos sin importancia, nos embellecemos a base de filtros, los lanzamos y en veinticuatro horas desaparecen, pero las palabras, los escritos, perduran… verba volant, scripta manent. Más aún cuando ya las palabras parecen solo herramientas de mero trámite burocrático. ¿Malos tiempos para la lírica? Creo que son los más idóneos para la lírica y la oración. Ahora que la palabra parece degradada para el insulto, la amenaza, la calumnia, la arrogancia, la vulgaridad, la alquimia del verbo, el surco precioso del verso, transmutan el mundo —porque el poeta rara vez se siente a sus anchas en el mundo en el que le ha tocado vivir. 

La poesía funda y refunda; es ruina de imperio acabado y de civilización naciente. Es letanía del inicio, del génesis; retoño que da voz y lengua a las nuevas auroras. Ilumina, purifica, igual que corrompe y ensombrece. Pero no hay pueblo sin poesía ni civilización cuyos cimientos se extiendan en el tiempo sin ella (¡oh!, quizás por eso nuestra época se halla sumida en un ruido que engendra silencio). Exhala hacia el mañana mientras rememora el pasado, la tradición, los padres, las hazañas, los hitos y mitos, la fe, los pilares únicos y fundamentales que dan centro a la vida.

Como Schiller nos recuerda, la poesía no puede ni debe contentarse con las miserias de la materia, debe abandonar la realidad concreta, contingente… arriesgarse en nuevas iluminaciones. El poeta no puede estar atento al aquí y ahora, a la academia, a la revista literaria donde tintinean los diletantes, no, su destino es más elevado si es que quiere perdurar más allá de las modas, los movimientos, las escuelas y los cambios. 

El poeta, como cualquiera, está atado a su tiempo y a su circunstancia. Pero desea más de lo que hay. Pone palabras para fundar; las transmuta las cambia de significación; crecen. No se queda a la intemperie de lo inmediato, su tiempo es otro, incalculable; los versos —como mitos fundacionales— desgarran los lustros. 

¿Qué hace un poeta en el mundo de hoy? ¿Qué locos afanes le conmueven? Tiene una misión discreta, sigilosa, que a su vez, es ensordecedora y monumental como la ventisca sobre un paisaje desolado: alzar sobre sus versos ese mundo invisible que, sin embargo, se encuentra bajo toda cosa: naturaleza y objetos de costumbre. La poesía es lo arriesgado, pero también lo seguro, es solaz e incertidumbre, amor y desprecio, vida y muerte, posesión y exorcismo… el poeta, pueblo, pero también soberano, siervo y aristócrata; cardenal y novicio; luz y tinieblas; tenue claroscuro; alfa y omega; contingencia; eternidad. 

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