010 – Arthur Rimbaud: poesía y madurez

Arthur Rimbaud foto principal

La poesía como reflejo de la vida: Arthur Rimbaud

Creo recordar mi primer contacto con Arthur Rimbaud: fue una de esas lecturas que se dan en bachillerato. Leímos su célebre poema “Vocales”, ese soneto en el que el joven poeta —el eterno poeta-niño— da colores y texturas a las vocales. De pronto una íntima conexión. Y supe de su vida: fue primero un chico de provincias con una madre beatona y obsesionada con la limpieza —interior y exterior— que de pronto vagabundea hacia París en busca de fama y de una silla en el Parnaso.

Por aquel entonces, cuando escribe a Théodore de Banville expresándole su admiración, tiene quince años, aunque en la carta miente y dice que casi tiene diecisiete. En el sobre incluye su poema “Ofelia”. Si bien los poetas parnasianos causaron en él una fuerte impresión, también se dedicó a destruir esos ideales de moderación, decoro, mesura de los que habían hecho estandarte (como reacción, por un lado, a los excesos sentimentalistas del romanticismo, por otro, también para desbancar la prosa de probeta del realismo y el naturalismo). 

Y en París se encuentra con Paul Verlaine —con quien tendría una relación tormentosa— y lleva una vida, podríamos decir, bohemia. Busca incansable ese “desarreglo de los sentidos” (“Yo soy otro”, dice en sus “Cartas del vidente”), todo ese influjo de experiencias que lleven la existencia hasta sus propios límites. Se convierte en un gamberro, posteriormente, en un “maldito”. Con Paul Verlaine (por entonces contando unos veintisiete años y casado con una jovencita de apenas dieciocho a la que llevará por el camino de la amargura) acabará en Londres viviendo en la miseria, siguiendo su incansable búsqueda de experiencias al límite. 

Escandaliza a los círculos literarios con su actitud y con su poesía rupturista que va más allá del simple simbolismo. Se adentra —pionero— en eso que se llamaran a principios del siglo XX las vanguardias. No solo con su obra, sino con su vida —reflejo lo uno de lo otro—, dejó una impronta para la posteridad… para todos aquellos pechos de los soñadores que en algún momento se abrieron a la poesía.

Los poetas empezaron a ser para mí santos, mártires, aventureros, transgresores, trotamundos, videntes; no se trataba de ese intelectualoide que prepara ufanamente su doctorado, siempre postrado tras un escritorio, o ante la mesa de una biblioteca —repasando manuales con sus ojos enrojecidos y derrotados— y que, de vez en cuando, se permite el lujo de escribir algunos poemitas para pergeñarse una identidad atractiva en redes sociales, o para poder leerlos en Nochebuena ante sus familiares, o en el cumpleaños de la novia y en fiestas de guardar.

No; Arthur Rimbaud removió tales designios de poesía de cafetín y academia para modelarlo como parte integral de la vida.

Arthur Rimbaud nos anunció la proclamación del Espíritu en un mundo en exilio. La vida toda por bandera, más allá de la cifra y del catálogo de entretenimientos.

Creo que en la adolescencia más de uno quiso ser Arthur Rimbaud; quiso, como él, fugarse —fugas físicas y metafísicas—, viajar a la capital en un tren, de polizón (en los días de la guerra franco-prusiana); verse agitado por la inestabilidad social y política de su tiempo (también anhelos revolucionarios; la Comuna de París). Quisimos convertirnos al catolicismo como él lo hizo, enrolarnos en el ejército colonial neerlandés con destino a Java y después desertar.

Y finalmente viajar a Etiopía donde haremos fortuna como traficantes de armas y nos desposaremos con una etíope. Después moriremos de un carcinoma (a la edad de treinta y siete años). 

Arthur Rimbaud pie de foto
Arthur Rimbaud, influyente poeta simbolista francés.

La ruptura de Arthur Rimbaud con la poesía coincide con su madurez. A los veinte años la abandonó por completo. Será en una de sus últimas obras, su extenso poema en prosa “Una temporada en el Infierno” donde se burlará de “Vocales” y despreciará a la poesía como una cosa propia de niños y gente inmadura. No habré pensado veces si Arthur Rimbaud tenía razón. Fue el eterno poeta-niño porque. Su poesía tenía la inocencia del niño y la experiencia del viejo maestro. Había en sus versos destellos de genialidad, de artificio que impregnaban la vida misma. Y, sin embargo, algo pasado, superado, adolescente como el acné o el bozo. Yo aún continúo con mi inmadurez.

Sueño en verso algo más de lo que tengo ante mí, otras quimeras que me encumbren fuera del devenir propio de la vida. Quizás de ahí mi afán versificador: para alzarme sobre lo que de vulgar, absurdo y huero tiene el día a día; como un ejercicio de ascetismo, algo más allá del más acá; una especie de trascendencia a veces sacra, a veces profana, pero siempre literaria. 

Arthur Rimbaud nos anunció la proclamación del Espíritu en un mundo en exilio. La vida toda por bandera, más allá de la cifra y del catálogo de entretenimientos. Nos parece paradójico, ¿verdad?

Por un lado, queremos la estabilidad de la que no podemos gozar, por otro, la irrupción del desarreglo y la aventura, sin embargo, parece que incluso esa “aventura” está mediada, plasmada en las ofertas de las agencias de viajes; la especulación de la experiencia, su estandarización: un coche es descubrir el mundo, una compresa liberación femenina, una empresa de distribución de comida a domicilio una juerga, un perfume una orgía, y en una botella de Coca Cola, la felicidad. La fabricación y distribución de la anti-experiencia.

Arthur Rimbaud abdicó de la poesía, pero nos legó unos ideales a seguir. Para una generación de jóvenes que, a fe de nuestra fortuna, acabaremos en un puesto de la administración pública —tranquilos, asegurados, sí, pero contando más deudas que ganancias—, Arthur Rimbaud es un oasis al que poder retornar siempre que se quiera, siempre que la vida pese. 

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